martes, 6 de diciembre de 2016

CAMINO DEL OESTE







Buenas noches, queridos amigos de esta ventana a las ilusiones. Os propongo un plan: ¿me acompañáis en un viaje en el tiempo? Vamos, seguidme…¡Taxi! Yo creo que cabremos todos. A la estación, por favor. ¡Volando! –me contesta colocándose bien su gorra. El taxi es de aquellos cuyos colores tan característicos los identificaban como de la ciudad a la que pertenecían, independientemente de en dónde se encontraban. Hoy nos recuerdan a otros tiempos de nostalgia.
Acabo de pagar al taxista y ya entramos en un mundo trepidante…¡Uy, cuidado! Casi nos lleva por delante ese mozo que con su carretilla de dos ruedas y cogida con maestría, pues pesa demasiado para lo que ahora estamos acostumbrados, se dirige a toda prisa a cargar maletas que los viajeros le dan por la ventana de su compartimento. Es curioso, y también me llena de nostalgia, la pinta que tiene el buen hombre: su gorra sucia, muy sucia, colocada más hacia la coronilla que en la frente, dejando salir su pelo un poco grasiento por la mezcla de sudor y el humo que envuelve la estación y le da un aspecto de seriedad y de llevarse a cabo algo muy importante bajo el cobijo de su gran bóveda de hierro y cristal. Allí, bueno aquí, pues ya hemos llegado, se producen los momentos más alegres y más amargos entre amigos, familiares, amantes, etc, engullidos por ese frenético ir y venir de viajeros, revisores, jefes con sus gorras rojas y sus banderines y silbatos preparados… ¡Qué triste es una despedida en la estación cuándo no sabemos si nos volveremos a ver! Todavía le veo alejarse tras la carretilla. Su chaqueta va a juego con el resto de su persona. Su colilla en la comisura de los labios es parte de la seña de identidad de nuestro mozo de equipajes. Está trabajando y haciéndolo duro…no va a una fiesta. Ese es el mozo que yo recuerdo de aquellos tiempos y que hoy nos acabamos de encontrar; ¡vamos, que casi nos atropella! Siempre rápido de un lado para otro tratando de convencer, con sus maneras de vendedor ambulante, a los pasajeros que, cargados, llegan  a la ciudad.
Allí lejos distingo el silbido de silbato de aquél que mantiene su banderín rojo, envuelto en su madera (siempre me ha resultado muy parecida al rollo de amasar en las cocinas), y casi instantáneamente un fuerte resoplido y el chuf,…chuf,…chuf,..chuf,..chuf,.chuf,.chuf,chuf,chuf, y un ronco clamor de la máquina que tira del convoy que abandona la estación…menos mal que no es el nuestro…
¡Cuidado! De frente se nos acerca esa otra carretilla, también llamada vagoneta de equipajes, que me produce, igualmente, cierta añoranza y que hasta hace bien poco se ha mantenido en nuestras estaciones. De pequeño me quedaba mirando los dos grandes pedales que tenía el conductor en su compartimento al aire libre. Siempre de frente en la dirección de marcha agarrado a dos grandes tubos: uno un poco más arriba que otro pues ello es necesario para que inicie la marcha. Va erguido y con el mismo atuendo que su compañero de a pie: la gorra, la chaqueta, el cigarrillo…y bastante desaliñado. Detrás lleva una plataforma con cajas, hierros y otros atalajes del convoy al que está atendiendo. Siempre les tuve mucho respeto porque, al no hacer ruido, pues eran eléctricas, no estaba seguro de que algún día no nos llevase a alguien de mi familia por delante y terminar así nuestras vacaciones sin haber salido siquiera de la estación. No era fácil, en aquellos días que hoy recuerdo en nuestro viaje, el trabajar en ese mundo de las estaciones y los trenes de humo blanco.
¡SHHHHHSSSS! ¡Vaya susto que me ha dado el resoplido de no sé qué de la máquina que tira de nuestro tren! Máquina imponentemente negra; recia pero esbelta. Da sensación de seguridad. Su foco allí arriba ilumina más allá de lo que la vista puede distinguir. ¡¡UUUGGGHHHHH!! (me resulta difícil la onomatopeya). Es el ronco sonido de otra de ellas que inicia su salida.
Qué follón hay hoy en la estación. Pasad delante, subid al vagón…si quiere le ayudo, señora, con el equipaje…¡Ay, vaya con cuidado, hombre!... Siempre hay alguien que, una hora antes de la partida del tren, ya está subiendo apresuradamente y empujando a todo el que se pone en su camino, como si el tren fuera suyo o si fuese a salir antes de que pudiese subir a su vagón…¡y está a una hora de la partida! Sí, antes se iba a la estación con una hora de anticipación, por lo menos. Mi abuelo solía estar dos horas antes y quizá a mí me quede algo de él pues me gusta estar con bastante tiempo antes de que parta mi tren.
Click, click…ya oimos al revisor con su maquinilla de taladrar billetes…¡qué nervios cuando sacábamos el billete y esperamos en él su imprescindible agujerito para que todo estuviese correcto y pudiésemos viajar tranquilamente. No sé si os acordáis del silencio entre los pasajeros cuando llegaba el revisor al compartimento y la algarabía al marcharse…era un trámite que imponía y siempre precedido de su seco click, click.
¡Ya salimos! Menos mal….

Bueno, amigos, ya estoy de nuevo con vosotros sentado frente a mi pantalla y hoy os quiero traer, precisamente, mi cuento sobre trenes: “Camino del oeste”. Ya pudisteis leer algo sobre él en las entradas del 15 de junio de 2012 y del 1 de mayo de 2015. Hoy lo quiero traer de nuevo porque ya una magnífica ilustradora ha querido formar equipo conmigo para llegar a conseguir su publicación. Ella se llama Ana María Nale, argentina de nacimiento, y su estilo naif me cautivó desde el primer momento que vi sus ilustraciones. Le gustó mi historia y ya se ha puesto manos a la obra. Su web es: http://www.anamnale.com.ar/publicaciones.html (todos los derechos reservados). Espero que disfrutéis en la visita por su arte. Yo, desde aquí, Ana, quiero darte la bienvenida a mi cita con las ilusiones que comparto con mis seguidores repartidos por los cuatro continentes (no tengo constancia que nos lean en Oceanía). Es una grandísima satisfacción compartir proyecto contigo y tener la oportunidad de que esa manera tan cálida, entrañable y bonita que tienes de ilustrar pueda dar vida a Martina y a su mundo. Gracias por ello y te envío desde aquí un cariñoso abrazo.
Pues ya doy paso a esta historia y lo que hoy puedo y quiero presentaros. Espero que lo disfrutéis. Un abrazo a todos y soñad y sed felices, una vez más.
José Ramón.

“Camino del oeste” es un relato lleno de ternura que hace referencia, con añoranza, a tiempos pasados. A través de su lectura vemos cómo discurre la vida de Martina, una joven máquina de tren a vapor, que se ve relegada al transporte de vagones en desuso camino del desguace. En este relato se puede disfrutar del embriagador olor a carbón quemado que sale por su chimenea negra y compartir la desazón de la protagonista por la vida que le ha tocado vivir. Con ella compartiremos su intento de viajar camino del oeste, mundo que anhelaba alcanzar algún día. Su sano inconformismo y valentía -valores que se ponen de manifiesto en el relato-, propician que quizá su vida actual se vea alterada.

Era pasada media noche cuando a Martina le despertó un empujón y un fuerte golpe seco, precedidos ambos por el chirrido de frenos que le eran muy familiares. Cada cuatro o cinco días ocurría lo mismo. A ese sobresalto inicial sucedía siempre un repiqueteo, sonoro y rítmico, al contacto de los metales. Los trabajadores que operaban la “Última Terminal” –así se llamaba aquel lugar–, ataviados con unos martillos extremadamente largos, golpeaban rutinariamente las ruedas de los vagones que acababan de enganchar para su traslado, comprobando que todo estaba correcto para el viaje.
Martina ya conocía esta rutina pues desde hace bastantes años venía haciendo este trabajo. Sabía que tras este ritual debía emprender la marcha.
Martina era una de esas antiguas máquinas de vapor que se paseaban por todos los pueblos del país con su llamativo canto y su elegante columna de humo blanco, hasta que la llegada de las nuevas máquinas eléctricas ocasionó que fuese retirada, cuando tan sólo tenía un año de vida, y destinada al trabajo que realizaba en aquellos días.
Qué orgullosa y feliz se sentía al principio y qué desgraciada después.
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Martina se encargaba de llevar vagones viejos y en desuso a unos hangares, a aproximadamente cien kilómetros de la ciudad, para su posterior desguace y destrucción. Representaba un triste trabajo ser la última en conducir a unos vagones de mercancías o de pasajeros, según el día, en su último viaje a su destrucción. No era agradable su misión y temía que un día, que presumía no muy lejano, fuese ella parte de ese macabro convoy, tirado por una flamante máquina eléctrica; fría y nada elegante...............................................

Esas ventanas eran de aquellas que los pasajeros, en su curiosidad por saber a qué estación habían llegado, abrían de arriba hacia abajo para asomarse. Se sabía que en esos vagones semejante acción no se debía hacer durante la marcha pues entraría por la ventana la carbonilla que la máquina en cuestión, en su armonioso “chuf-chuf”, proyectaba al aire  formando una cortina que envolvía al tren en su conjunto. ...................................................


martes, 15 de noviembre de 2016

CHANO, MI AMIGO


Hola, amigos de mis ilusiones e historias. Buenas noches a todos y encantado de poder estar con vosotros de nuevo. Ahora, además de nuestro blog tengo, y es un placer, que atender mi página profesional de facebook cuyo enlace lo tenéis en la columna a la derecha de vuestras pantallas. Si todavía no sois seguidores de esa página, os recomiendo que lo hagáis pues allí estamos más en contacto. Bueno, la verdad es que no sé si más o menos, pero el contacto es vivo, os siento cerca, muy cerca, porque interaccionáis con vuestros comentarios y vuestros “me gusta”. Es curioso pero, si os fijáis, aquí, en nuestro rincón, tenéis las mismas posibilidades de interaccionar a mis entradas y no os acabáis de animar a hacerlo. Es curioso pero creo que os entiendo: facebook es como el hall de una estación de tren, en el que todos van y vienen, muchas veces sin saber muy bien cuál es el andén en el que su tren está a punto de salir; hay bullicio y uno llega a saturarse con tanta gente cortándonos el paso con su trepidante arrastrar de maletas. Todo el mundo habla; todos preguntan a los demás sobre dudas que no lo son tanto: muchas veces es vagancia de pararse a leer los letreros que, la inmensa mayoría de las veces, están muy bien elegidos y estratégicamente colocados…bueno, a veces no y quizá eso sea la causa para que los menos avispados anden de aquí para allá contribuyendo a crear esa atmósfera de vida, loca, pero vida. Sí, así es facebook. No podemos decir que sea un lugar demasiado tranquilo para lo que buscamos cuando nos acercamos a nuestra ventana. Aquí, en nuestro espacio, es como si estuviésemos en la sala vip de esa estación de locos que os acabo de describir en muy pocas palabras. En la sala vip nadie habla; nadie pregunta nada. En la sala vip se respira calma y aprovechamos para echar una cabezada o leer esa novela que nos tiene enganchados. Quizá, en esa sala vip, aprovechemos para entrar en nuestro espacio y leer, y dejarnos transportar de la mano de mis historias a mundos similares y personales de cada uno. En esta “sala vip” no se comenta ni se dice “me gusta” ni se hace más que estar en una atmósfera buscada de tranquilidad… Ahora lo he comprendido… Gracias por hacer de “Cuentos & Dreams” vuestra sala vip.
Pues hoy, en nuestra sala os digo que hace ya más de dos años escribí un cuento muy especial y que quiero compartirlo en este momento con todos vosotros por primera vez. Sobre él empezamos a trabajar una buena ilustradora andaluza y yo. Empezamos con una ilusión terrible y con unas ideas que yo creo nos sorprendieron a ambos. Creamos este cuento, y lo hicimos sobre la base de otro que posiblemente sea aceptado por el Ayuntamiento de Marines: un pueblecito muy acogedor de Valencia, España; como parte de la celebración de un importante aniversario que esperan cumplir el año que viene. Pues como os digo, creamos este cuento y lo ceñimos a uno de los pueblos más bonitos de España. Pueblo encantador y que maravilla a todo aquél que tiene la fortuna de poder visitarlo. Permitidme que no os diga de qué pueblo se trata…Por motivos que no vienen al caso, este cuento que da nombre al título de esta entrada que os traigo hoy no va a ser ilustrado por ella. Espero encontrar a otro ilustrador, si es posible que conozca el pueblo, para que de vida a Chano. ¿Quién es él? Pues es una persona del pueblo que nos describe lo que siente y ve con los ojos del alma porque los suyos físicos ya no le ayudan demasiado. Chano es ciego y de su mano vamos recorriendo... su pueblo.
“Chano, mi amigo” me hizo ponerme en el lugar de un ciego y me costó mucho darle vida…¿quizá porque tengo la suerte de ver? Ha sido un cuento especial del que he aprendido a valorar todo lo bueno que tengo, aunque sea poco, o mucho…creo que no es importante la cantidad: aprendí a valorar lo que tengo y lo que me hace feliz. Chano valoraba lo que tenía y así era feliz…a mí me costaba creerlo y esa fue la mayor lección que me dio mi amigo Chano.
Espero que disfrutéis con lo que os traigo de esta historia y espero poder pronto presentaros al ilustrador o ilustradora que se encargue de mirar y pintar lo que Chano veía.
Un abrazo para todos vosotros, con el deseo de que sigáis soñando y siendo felices.
José Ramón.


Esta corta historia nos acerca un poco a la vida de las personas invidentes y por extensión a todos los que tienen algún tipo de limitación. “Chano, mi amigo” es una tierna historia con una moraleja final: “no siempre lo de los demás es mejor que lo nuestro” Malgastamos la mitad de nuestras vidas anhelando lo que tienen otros sin valorar lo nuestro y lo que llena nuestro mundo. Esta historia se desarrolla en un conocido y bellísimo pueblo de Cádiz y trata sobre la vista de un ciego; sobre todo aquello que imaginamos puede llegar a ver un invidente…con los ojos del alma. Recorreremos, guiados por el bastón de Chano, los lugares más llenos de la esencia de…mejor no desvelo el nombre del pueblo por el que Chano se pasea y es muy querido. En definitiva se trata de una historia llena de anhelos y de riqueza interior y, por ello, de una historia que nos puede ayudar en nuestra vida personal…a mí, por lo menos, lo ha hecho.


Esta historia que voy a contaros es la de mi amigo Sebastián, “Chano” para todos los que le conocemos y le queremos.
Chano vive en un blanco, muy blanco, pueblo cuyo nombre lo dejo para que lo adivinéis; sólo os diré que es un bonito pueblo que mira sereno al Atlántico por donde tantos ataques recibió en el pasado; y por donde tantos amigos de tantos lejanos países, hoy, traen consigo sus costumbres, ilusiones y tiempo para compartirlo con sus habitantes, entre blancas paredes que canalizan las serpenteantes y estrechas callejuelas. En él viven gentes forjadas por el salitre, los vientos y la bravura, el respeto, la honradez  y la nobleza de la almadraba.
Sebastián “Chano” lo conoce bien y, aunque nunca lo ha podido ver y admirar con sus ojos, no deja de imaginarse en su mente cómo serán todas aquellas casas y cosas que lo rodean. Sebastián “Chano” es ciego.
Suele levantarse muy temprano, cuando el Sol acaba de desperezarse y con sus rayos empieza a tantear los muros de los habitantes todavía por despertar. No perdona el paseo paralelo al río. Sí, en su pueblo muere alegre el río, con sal en su nombre, para confundirse con el océano. Siempre se detiene en el mismo lugar, sobre el puente, y allí da media vuelta y fija su mirada –que aunque no lo creáis los ciegos también la tienen– en donde supone se encuentra su tranquilo pueblo a aquellas horas.
–¡Cómo me gustaría poder disfrutar de esta armonía de colores, luces y blancas paredes! –suele desear tanto verlos…
Muy frecuentemente sus amigos, que nunca le faltan, bajan con él a pasar el día a esa playa  –parte importante del marco paisajístico de la zona– que muy cerca está de poder bañar con sus aguas las sedientas calles en verano. Allí, Chano, se suele quedar extasiado con el ruido de las olas rompiendo en la cálida arena donde él las espera con sus pies descalzos. Ese frío saludo de espuma y sal sobre sus pies siempre lo llena de vida y, tras una profunda inspiración, se suele quedar absorto escuchando las angustiosas voces de las gaviotas que, a su manera, también lo saludan: “Au-Kyee-Kau-Kau-Kau”.
–Cómo me gustaría ver esta espuma,…………..…………………………………
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En el pueblo de Sebastián “Chano”, si algo es digno de verse eso es el pueblo al atardecer: sus luces tempranas, los rayos de Sol que se resisten a irse a descansar, la Guzmán con su majestuosidad iluminada que nos transporta a otros tiempos de guerreros y luchas…y todo ello reflejado en la tibieza del océano y en los charcos que comparten espacio con el arenal: en el pueblo de mi amigo Chano se pueden ver estampas que se asemejan al arcoíris. De ello, él, es muy consciente.
–Lo que daría por saber cómo se confunden esas tonalidades del atardecer. Huelo el caer de la tarde mezclándose con la humedad del ambiente; oigo………………………
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Pero lo que más le gusta a Sebastián “Chano” es pasar bajo el coqueto y transitado, desde tiempos lejanos, Arco de la Villa. Bajo él, el eco de sus pisadas le da los buenos días o las buenas tardes y él, con un movimiento de cabeza, como si prestase extrema atención, le devuelve el saludo. Siempre camina con paso decidido cerca de las paredes, que parecen reverberar la cálida presencia del Sol, hasta alcanzar “su banco”. Allí,………………………………………………………………
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domingo, 30 de octubre de 2016

LOS HACES DEL AMOR



Buenos días a todos los que nos visitáis en esta página, queridos amigos. Acabo de recibir otra buena noticia sobre otro microrrelato que escribí hace algún mes: también lo han seleccionado, esta vez para formar parte de la antología “Pluma, tinta y papel", resultado del V Concurso de microrrelatos . Siempre es una satisfacción que seleccionen algo que has escrito para formar parte de un trabajo, llámese “Antología” o grupo de relatos o cómo sea. Siempre el reconocimiento de, aunque sólo sea, una persona, para mí es suficiente; y con que a alguno de vosotros le guste, ya ha merecido la pena el esfuerzo…mejor dicho, el placer de escribir, por corto que sea lo que escribes.
Este concurso era sobre temática libre y en él participaron más de 2000 relatos; 1300 fueron seleccionados para dar forma a la antología. Una vez más os puedo decir que estoy encantado, ya que siempre es una satisfacción que tus relatos, cortos o menos cortos, permanezcan en algo editado y sobrevivan al tiempo. Como siempre os adjunto el enlace en el que encontraréis la pestaña para que el que quiera pueda adquirir la antología:
Para este concurso me inspiré en un relato que os regalé este verano y que se llama, como bien sabéis, “La luz del faro” y que podéis leer un poco más debajo de esta entrada, el 26 de agosto de este año, o “clickando” directamente en el enlace que os muestro: http://jrdecea-cuentamelos.blogspot.com/2016/08/la-luz-del-faro.html.
Decidí, como temática libre, enviar un microrrelato que nos contase una historia de amor. En pocas palabras, menos de las que hubiese necesitado, traté de contar una sugerente historia. Lo bueno de los relatos super cortos, como es éste, es que posibilitan que el lector pueda crear su propia historia; que se vea atrapado por el cómo seguiría la historia y no pueda evitar el que su mente quiera saber el final. Esta es una de las virtudes de los microrrelatos: que, si son buenos, hacen que el lector dedique unos minutos a imaginarse la escena y a terminarla a su manera y esto, lo sabéis, es la magia de la lectura a la que, por supuesto, no es ajena la especialidad del microrrelato. De todas formas, en este caso lo tenéis más fácil los que habéis leído “La luz…”. Mi relato del 26 de agosto, seguro que os ayuda a poneros en situación, aunque también en aquella ocasión se ponía a prueba vuestra imaginación pues había varias posibilidades de un final para la historia que os conté.
Pues aquí os traigo esta corta historia de amor que, como todas en las que hay en juego sentimientos,  es muy intensa y vibrante en los inicios y después el tiempo se encargará de ponerla en su justa medida pasional. Espero que la disfrutéis y sea capaz de inspiraros a completarla.
Un abrazo a todos y, como siempre, os envío con él mis deseos de grandes sueños y felicidad en vuestro entorno.

Los haces del amor

Llevaban tiempo esperando la oportunidad: dos barcos de pesca, el de él y el suyo; una intersección definida por unas millas y unos haces. Ella lo comprendió cuando recibió el mensaje. La luna sobre las olas y la luz calculada del faro en la costa marcaban el punto de reunión. No sabían si el otro acudiría. Se abarloaron a las millas acordadas. Pasaron la noche y el amanecer. 


lunes, 10 de octubre de 2016

MI LIBRO


Buenas noches amigos, en este caso, de mis microrrelatos. Sí, hoy os traigo uno que ha sido seleccionado para formar la antología “Universo de Libros”, en su primer concurso. Han sido más de mil los enviados al concurso y aproximadamente la mitad los elegidos para formar parte de ella. En este enlace podéis adquirirlo, si os apetece. Como os he contado otras ocasiones, mi único premio es formar parte de la antología, pero os quiero informar de dónde se puede comprar, que es a través de este enlace: http://diversidadliteraria.us8.list-manage1.com/track/click?u=3451b62f001f585c72225b496&id=566f5e69a8&e=03075d27b7
¿Y de qué va? Pues os hablo de ese libro que todos tenemos en nuestra mente, aunque no nos demos cuenta de ello. Os llevo, a través de una historia breve, muy breve, por lo que estoy seguro a todos nos gustaría: escribir nuestra historia, o que alguien la escriba por nosotros. Esa historia cargada de momentos alegres, quizás los de nuestra niñez: cómo nos divertíamos, con quién jugábamos y pasábamos nuestros primeros momentos de conciencia segura de lo que hacíamos, muchas veces no demasiado de acuerdo con lo que a nuestros padres les gustaba; pero ahí estaba la salsa de esos tiempos. Por lo menos en mi caso era así, y fui muy afortunado de que mis padres nunca se enteraron de mis andanzas divertidas de un chaval con buen corazón, pero muy travieso y con una gran imaginación…así era yo y ahora, cuando lo recuerdo,…mejor no escribir sobre ello J.
En nuestras historias están también los recuerdos de nuestra adolescencia, los amigos con vocación de permanencia en nuestras vidas; de nuestros amores, pocos o muchos no importaba demasiado; bueno sí importaba, por lo menos a mí que lo intentaba mucho y no tenía demasiado éxito. La vida, nuestras vidas, están muy presentes en nuestras mentes y sí nos gustaría, creo, tenerlas escritas para estar preparados para cuando el tiempo vaya haciendo que se nos vayan difuminando los recuerdos. Esos recuerdos que, de alguna manera, son los cimientos de lo que somos ahora, nos guste o no. Los mejores capítulos de nuestra vida quizá sean la época en la que formamos pareja y criamos: menuda época de locos y de dolores de cabeza…por lo menos para los hombres de mis tiempos que no estábamos tan acostumbrados como los de ahora a hacer de todo: cacas, lavadoras, noches sin dormir…dar el pecho no, gracias a Dios…Pero era una época de ilusiones, con el mundo y todas las posibilidades frente a nosotros, y con mucho por añadir a nuestro libro personal…y así, y así van en nuestras mentes escribiéndose los capítulos de nuestros libros, de momento mentales.
Bueno, queridos todos, seguidores de mis ilusiones, que, por cierto, vais aumentando significativamente día a día, estoy seguro de que leyendo esto que os he traído hoy a nuestro rincón os ha hecho volar en el tiempo y, seguro, esbozar más de una sonrisa…pues eso, a seguir escribiendo vuestros capítulos con el equilibrio que os va dando la vida y la experiencia, independientemente de la edad que tengáis. Todas las edades nos sirven para madurar; todos los capítulos de nuestro libro son brillantes porque son los nuestros y nadie los puede igualar; la diferencia está en que unos los quieren escribir y otros prefieren mantenerlos en la intimidad y la profundidad de su yo, de sus recuerdos.
Buenas noches y espero disfrutéis estas cortas líneas sobre “Mi Libro”. Soñad y sed felices.


Mi libro es el de toda una vida sin escribirlo. Quizá me ponga a ello un rato de estos, un día cualquiera, aunque…para lo que me queda, creo que mejor seguiré acumulando sus páginas en mi memoria.


viernes, 30 de septiembre de 2016

TEJAS, ESPUMA Y SAL


Buenas tarde amigos de mis relatos, mis ilusiones y de querer compartir unos minutos en este espacio en el que cuando entro siento algo especial. Y no es porque lo haya creado yo, que seguro que también; sino porque, al menos a mí me lo parece, tiene algo de rincón escondido. Tiene algo de ese sitio en el que buscamos el efecto reparador que necesitamos cuando lo que hay a nuestro alrededor nos produce esa sensación de querer escapar, de necesitar que el tiempo se pare y salir de puntillas de la escena, abrir una puerta y encontrarnos un lugar en el que solo nos veamos nosotros y…aspiramos profundamente y miramos alrededor para comprobar que no hay nadie, que nadie por unos minutos nos va a llamar, o a preguntar algo, o a ofrecer algo, o…simplemente a pronunciar nuestro nombre. Ese sitio, con esas sensaciones evocadoras que nos recuperan, pretendo que sea nuestro blog. Cuando entro en él siento paz, tranquilidad, sosiego, y me encanta estar con vosotros y dejar que mis dedos fluyan rápidos, sin pensar, por el teclado. El tiempo está parado detrás de la puerta y quiero aprovecharlo en vuestra compañía.
Ya estamos en otoño —y parece mentira que ya haya pasado el verano, casi sin enterarnos: el tiempo va demasiado rápido…eso; lo que digo: necesito parar el tiempo— pero seguro que muchos de vosotros, sobre todo los que habéis estado al arrullo del Sol cálido y el agua salada, recordáis, en algún momento de este camino sin pausa buscando el tiempo de Navidad, como lo pasasteis esos días de no preocuparos de nada más allá de estar a gusto y descansar. Pues hoy os quiero ayudar, en nuestro rincón de sosiego, a viajar a ese pasado muy reciente. Y lo quiero hacer por medio de la historia que os quiero recordar. Ya estuvo con nosotros el 17 de agosto del año pasado, que os aconsejo que la releáis pues creo que estuvo entretenida, y por primera vez os la presentaba el 15 de mayo de 2013. Me estoy refiriendo al relato sobre la vida de dos gaviotas patiamarillas. Relato que siempre me da paz y me recuerda una época muy gratificante de mi vida y que os referí en las entradas antiguas que os acabo de mencionar. Y la razón de traéroslo de nuevo, aparte de hacerlo  para todos los que os hayáis incorporado recientemente al grupo de amigos a los que nos gusta pasar un rato por aquí y que no hayáis podido leerlo todavía, es porque ya tiene ilustradora. Me refiero a Beatriz Sevilla Almansa que, aunque española, está trabajando en esta historia desde más allá del atlántico. Una suerte haberla encontrado porque creo que es la persona ideal para “Tejas…”. La belleza y calidez de sus trazos complementarán el volar inquieto y siempre atento de mis gaviotas. Desde aquí, Bea, te mando un saludo cariñoso y te agradezco, aquí en nuestro cuarto para el sosiego, que hayas querido seguir conmigo este camino hasta llegar a ver en las estanterías dedicadas a la literatura infantil, de cualquiera de las tiendas repartidas por la geografía española y espero que también de fuera de España, este proyecto. Y a vosotros, amigos, os invito a que os deis una vuelta por el blog de Beatriz: https://beasevillaalmansa.com/infantil/
Pues aquí lo dejo y os deseo que seáis capaces de sentir la suave brisa cargada de sabor a sal mientras en vuestras mentes seguís el vuelo de las patiamarillas.
Felices sueños.
José Ramón.

Dejándonos mecer por las cálidas corrientes de aire que acariciaban aquel bonito y discreto puerto pesquero, nos adentramos en el mar disfrutando de la blanca, salada y divertida espuma…¿Nuestros guías? Pues dos  bellas gaviotas patiamarillas: Galvia y Violeta que, a través de esta historia, nos cuentan algo de su forma de vivir y de sus ilusiones…sí ellas también las tienen; y nos enseñan a compartir con ellas espacios que en principio los tenemos reservados a nosotros.
Esta entrañable historia nos habla de respeto y cariño por los animales mientras sentimos el suave roce de la brisa marina. 

Lo bueno que tienen las corrientes de aire, entre otras cosas, es que, aprovechadas convenientemente, ayudan a recorrer grandes distancias con un esfuerzo mínimo.
Eso lo sabían de sobra Violeta y Galvia: una pareja de gaviotas, de pico y patas amarillas, que llevaban ya un par de años volando juntas; unas veces, en alta mar, dejándose mecer por aquellas cálidas corrientes de aire; otras, formando parte de esa escolta que anuncia la llegada de un barco de pesca en su regreso a casa, tras toda la noche faenando, cargado de pescado.
Au-kyee-Kyee…decía Violeta, contenta por todo lo que se avecinaba…
Au-kyee-kau-kau-kau contestaba Galvia, feliz también por las ilusiones que llevaban compartiendo en los últimos días.
Ese sonido que puede parecer de angustia y extremada agonía, en realidad es una parte entrañable de los pueblos bañados por el mar y sin la que no se concibe la vida en ellos. Los quejidos de las gaviotas interpretan los “solos” de la melodía marina, en la que el murmullo suave y rítmico de las olas al romper en la playa, junto a las roncas bocinas de los barcos en sus llegadas y partidas de los puertos, representan el acompañamiento.
Así se estaba comunicando la pareja de gaviotas patiamarillas mientras surcaban los cielos a escasas millas de la costa. Trataban de adivinar, entre la calima que a aquellas horas de la mañana abrazaba el litoral, la llegada de alguno de los barcos pesqueros, con las bodegas llenas de pescado, que regresaban a sus hogares tras una noche de trabajo agotador entre el vaivén de las olas, el sudor de sus frentes y el penetrante olor a gasoil. Así, solucionarían sus problemas de alimentación para el día que estaba aún despertando.
Galvia, debemos decidir dónde vamos a colocar el nido dijo Violeta con cierto aire de preocupación. En pocos días será la puesta de huevos y debemos pensarlo bien para que nuestros polluelos crezcan seguros concluyó, asumiendo ya la responsabilidad de su futura maternidad.………………………………………………………..
Mira esa ola que se está formando. Dijo Violeta mientras se lanzaba sobre ella: le apasionaba mezclarse con la espuma que se iba formando, para a continuación nadar impulsándose con sus patas provistas de unas muy eficientes membranas que unían sus dedos. Estaban felices pensando que pronto serían padres de tres o cuatro polluelos a los que les enseñarían todo lo que ellas sabían.……………………………………..
Papá, ¿cuándo vas a arreglar la antena de la televisión? Siempre se fastidia cuando estoy viendo la serie que ponen todos los martes y ya sabes que me gusta mucho le dijo a Armando su hijo, enfadado porque su padre le prometía y prometía…, pero la antena seguía estropeada.
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Ahora la urgencia era terminar, sin dilación, de acondicionar el nido que no estaba todo lo protegido y seguro que se requería, debido al adelanto imprevisto. Por ello, aunque las gaviotas nunca dejan sus huevos sin cuidado tratan de evitar que puedan ser comida de animales depredadores, incluso de otras gaviotas; y los protegen de la acción de las personas que, de vez en cuando, solían subir al tejado para destruir sus nidos y los huevos en su interior, y así evitar el molesto trajinar de estos animales sobre las tejas y, sobre todo, sus incómodos excrementos que todo lo corroen, decidieron salir las dos a la vez: Violeta a procurar comida para ambos, y Galvia…………………………………………

Ya arriba, Armando se topó con un nido a medio hacer con tres huevos muy grandes y muy bonitos en su interior. Se quedó mirándolos, ensimismado, con ganas de cogerlos, pero…reparó en que eran de gaviota y, mirando asustado en todas direcciones, trató de descubrir dónde se encontraba la pareja a la que pertenecían. Sabía lo agresivas que son esas aves…………………………………………………
Ahí va el primero lo lanzó Armando cuando comprobó que su hijo estaba preparado para, con la red que sostenía con ambas manos, amortiguar la caída del óvulo.
Lo lanzó y…cayó en la red. Lo sacó con cuidado, Carlos. Su padre lanzó, entonces, el segundo y…pluf………………………………………………
¡Kyow, kyow! era la señal  de peligro que Violeta lanzó al aire cuando a lo lejos -que lo estaba y mucho-, gracias a su magnífica vista, divisó un humano en las proximidades del nido.
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sábado, 27 de agosto de 2016

LA LUZ DEL FARO





Hola, amigos de mis historias, buenas tardes de este verano que ya se nos escapa de las manos. ¿Sabéis una cosa? Pues que la verdad es que siempre me han gustado los faros y lo que de misterioso y romántico tienen. Cuando planeo una excursión o me acerco sorpresivamente, me refiero para mí, sin haberlo planeado, a un lugar costero siempre busco si tiene un faro o la mala suerte no le ha colocado un punto importante en la costa que le permita tenerlo…aunque sea feo, muy feo, como el de la historia que hoy os quiero contar. Pero, aunque feo, este pueblo que os propongo adivinéis, como ya hicimos en el pasado, a través de vuestros comentarios, tiene faro.


El pueblo en el que he pasado unos días de vacaciones es famoso por sus playas de cara al Mediterráneo; digo playas porque tiene varias, algunas más pequeñas que otras y muchas con rocas dentro y fuera del agua. Las rocas peligrosas son aquellas que están en la orilla y no se ven y, además, no están demasiado anunciadas, con lo que el dejarse medio meñique del pie en ellas es cuestión solo de pasar por sus inmediaciones. Eso es algo que no me ha gustado demasiado del sitio que os propongo adivinéis su nombre.
¿Más pistas? Pues le gusta llevar en su nombre escrito, en la lengua regional, dos “eses”. Es un pueblo con mucha influencia de la región que lo flanquea por el norte y que ya sabemos que de su lengua hace cruzada, cosa que a los que no la hablamos, y hablamos más de dos idiomas, por lo limitado de su empleo territorial, hace que el lugar no nos haya vuelto demasiado locos. A pesar de ello os tengo que decir que sí merece la pena visitarlo y darse unos buenos baños en sus aguas claras con fondos oscuros.
Y la última pista que quiero daros y que es la que me trae hoy aquí para contaros una historia romántica corta, es que ¡su faro es muy, muy feo! Pero tiene faro. Su foto ya la habéis visto.
Realmente se trata de un pueblo en el que es fácil vivir y muy acogedor, aunque la persona dueña del apartamento ha querido ir un poco de lista…menos mal que la agencia que nos lo ha alquilado se ha portado muy bien. Bueno, que hemos pasado unos buenos días en este pueblo que os propongo para adivinar. Es vuestro turno.
La historia que os voy a contar, cierta o no, tiene por protagonista el faro que os traigo aquí. Muchos de los faros que hay desperdigados, en sitios claves por el mundo, han presenciado muchas y distintas situaciones que afectan a las emociones: modificaciones en el litoral, naufragios, encuentros, bienvenidas, reencuentros… historias de amor. Una de ellas os la traigo hoy aquí. Espero que os guste.
Un abrazo y feliz reintegro a la rutina.
Soñad y sed felices.
José Ramón.

Se cuenta que, hace muchos años, en dos pueblos cercanos en los que la mayoría de la gente se dedicaban a la pesca, dos jóvenes, chico y chica, de edades similares que no pasaban de treinta pero ya habían dejado atrás los veinticinco hacía tiempo, trabajaban ayudando a sus respectivos padres en las tareas que daban de comer a sus familias humildes: la pesca.
Un día, de los que hubo muchos, los dos protagonistas de este relato se encontraron en la subasta de pescado que todos los jueves se celebraba en el pueblo que estaba a medio camino de los suyos. Acudían siempre con sus padres y les ayudaban a sacar un buen precio por el pescado que habían recogido en la noche. Eran las siete de la mañana y ambos, en sus lugares reservados, se afanaban en colocar de la mejor manera visual posible las canastas con sus pescados: había que ponerlos de manera que entrasen por los ojos a los pescaderos que venían a hacerse con las mejores piezas para ofrecerlas a sus clientes más exigentes a lo largo del día. También los encargados de la cocina de los restaurantes y casas de comidas de la comarca merodeaban por allí en busca del mejor pescado. El bullicio era grande y ensordecedor pues la nave en la que estaban hacía que los ruidos se ampliasen más de los que allí deseaban; pero eso era parte también del ambiente de trabajo e ilusión que se respiraba aquel y todos los jueves. El encargado de dirigir la subasta ya empezaba a cantar números y a señalar los diferentes lugares en los que los pescadores ofrecían sus productos; apuntaba no sé qué, porque nunca lo he sabido, en su libreta medio rota y húmeda, con su lápiz casi sin punta que mojaba nerviosamente en sus labios entre frase y frase. Así, iban saliendo las cajas con los pescados camino de las furgonetas que en el exterior esperaban la ansiada carga.
Como en otras ocasiones, ambos hijos, no dejaban de intercambiarse miradas desde sus respectivos lugares con los pies embotados en plástico verde hasta la rodilla, con los pantalones de faenar metidos por dentro, pegados a las cajas repletas de pescado junto a sus respectivos progenitores. Estaban desaliñados y con cara de cansados: se notaba que para ambos la noche había sido dura. Álvaro, que así se llamaba el chico, teniendo en cuenta que la luna en esos días estaba completamente llena y resplandecía en toda su intensidad, dibujó en un cartón una columna y un haz que salía de su parte más alta, de manera perpendicular a la línea que flanqueaba la parte izquierda de cartón, y recorría todo el cartón; un círculo presidía el gráfico y de él, bueno de “Ella”, salía también un haz que cortaba al anterior en un punto marcado con una “X”; además dos indicaciones numéricas trataban de aclarar lo que en el gráfico, Álvaro, enviaba a Alicia. 



Sí, él sabía que esa noche el haz del faro cortaba al de la Luna, reflejado sobre la superficie del mar, de manera perpendicular a la costa a una distancia aproximada de dos millas náuticas; eso ocurriría sobre la una y cuarto de la madrugada…llevaba mucho tiempo calculando y comprobando estos datos y al final se aventuró a proponerle a Alicia una cita esa misma noche, víspera de fiesta en la zona y descanso para los que no saldrían a faenar.
Alicia, cuando vio lo que había escrito, se ruborizó y movió la cabeza, casi imperceptiblemente, en sentido afirmativo. Fue tan inapreciable la reacción de ella que le  quedó la duda si él se había percatado de ello.
Por su cabeza pasaron muchas imágenes que le sembraron de dudas. No sabía si él había recibido su mensaje. Mejor así pues podría no acudir a la cita y dar esa excusa. O simplemente no acudir y ya tendrían oportunidad de hablar algún otro jueves. Sí mejor así. Pero él estará allí...
Faltaban quince minutos y comprobaba la secuencia de luz del faro: 0,2 ; 2,3 ; 0,2 ; 2,3 ; 0,2 ; 2,3 ; 0,2 ; 10,3. 
Contó hasta dos veces la serie y empezando la tercera vio que se acercaba un barco pesquero, como el suyo, no demasiado grande; es decir, era el tipo de barco de “bajura”, como el que él pilotaba. Llegaba puntual…suponiendo y deseando que Alicia estuviese al mando…Sí, se acercaba pues veía una luz verde a su izquierda. Estaban a unas dos millas de la costa, perpendiculares a ella y enfrente del faro de esta historia; la Luna terminaba de marcar las coordenadas casi exactas. El pesquero se seguía acercando y parecía que iba a sobrepasarle por su estribor…no disminuía la marcha…no podía distinguir si se trataba del que estaba tan ansiosamente esperando.
Alicia disminuyó la marcha, casi bruscamente, y empezó a abarloarse por estribor. Distinguió la cara medio de sorpresa, medio de expectación y mucho de pánico de última hora, del capitán del otro pesquero.
Era el momento de que él saliese de allí rápidamente: le entraron unas dudas terribles de si estaban haciendo lo correcto…ese miedo de eterna inseguridad, cuando hacemos algo importante que pensamos nos va a hipotecar el futuro, le estaba atenazando.
—¿Me tiras un cabo? —dijo Alicia intentado que reaccionase—. Sí, por supuesto —dijo él, decidiendo que no tenía ninguna intención de irse de allí aquella noche.
Saltó a bordo Alicia y se abrazó a él.
—Hola —le dijo, como si se hubiesen visto hacía un rato.
—Hola —dijo él, recobrando el empuje que le hizo escribirla en aquel cartón las coordenadas de la cita.
En la actualidad, todos los jueves, se les puede ver juntos en la lonja en la que antes acompañaban a sus padres, tratando de vender su pescado. Huele a pescado y el ruido no ha cambiado. Están desaliñados y cansados de una dura noche de pesca, pero no dejan de sacar cajas y colocarlas lo mejor que son capaces de hacer para que su producto entre por las retinas de los compradores. Se miran con complicidad y no dejan de recordar ese cartón que en su día les llevó a la confluencia de haces donde sellaron su unión.
La Luna brilla hoy de nuevo. Lo hace con toda su intensidad y busca, una vez más, la complicidad de la luz matemática del faro feo, muy feo, que está en la costa frente a ella.


jueves, 11 de agosto de 2016

"St. KIRSTEN", un colegio de élite.





Buenas tardes de verano, amigos de mis ilusiones. Hoy me quiero remontar al lejano 2014, en el mes de abril, en el que os presentaba un nuevo cuento. Quiero traéroslo de nuevo pues ya muchos de vosotros estáis pensando en el nuevo curso —aunque queda mucho de verano todavía…no quiero que se acabe pues sólo llevo una semana y pico, aunque se echen de menos las amistades del entorno de trabajo, en mi caso las de la ciudad en la que trabajo, que no es la de residencia, como me imagino sabéis todos los que me seguís por aquí y por mi página de facebook—, en los libros, las clases y cómo les irá a vuestros hijos, vuestros sobrinos, vuestros hermanos, amigos, etc. Sí este cuento va de un colegio, y en este caso de uno de los considerados de élite: St. Kirsten, en el que un duende nos lo va a hacer pasar super bien. Creo que es uno de los cuentos con los que más me divertí mientras lo escribía: yo sólo me reía de las escenas que tenía en la cabeza y trataba de plasmar en el papel.
Os voy a contar una cosa. Os voy a hacer partícipes de algo muy personal; de cómo daba forma a mis historias, al menos a las veinte primeras —de momento sólo tengo veinte, aunque hay otras dos que son versiones de una de ellas, y otra que estoy modificando el enfoque y que pronto os la presentaré de nuevo, porque es muy conocida por los que me seguís desde hace más tiempo—. Pues veréis, nos remontamos a verano de 2010 y yo, por aquel entonces, estaba trabajando a unas seis horas de viaje en coche de mi vivienda familiar; solía venir a casa los fines de semana, los viernes, y regresaba el domingo después de comer. En las seis horas de viaje, conduciendo mi coche por la aburrida autopista, con no demasiado tráfico, gracias a Dios, iba pensando en la historia, dándole forma y estructurándola; todo ello en mi mente. Al llegar a casa, en cuanto tenía un rato y de una sentada, la volcaba en mi papel cuadriculado, con mi bolígrafo Parker, con el que me gusta siempre escribir mis cuentos y que, por cierto, fue el que utilicé para firmar mis primeros ejemplares de “La nota que faltaba” (https://www.facebook.com/jrdeceacuentosanddreams/?ref=aymt_homepage_panel) en la pasada Feria del Libro de Madrid. Con el tiempo perfeccioné el sistema pues no quería que se me olvidasen aspectos que había concebido en la mente y que seguro que podrían funcionar bien en la historia pues, a veces, no podía ponerme a escribir inmediatamente nada más llegar. Así, me hice con una grabadora, de esas pequeñas que llevaban los periodistas (ahora usan el móvil…como todos, que usamos el móvil, con sus APPs, para todo); me la metía en el bolsillo superior de mi camisa, le daba al “on” y empezaba a hablar, como si estuviese comentando algo con mi compañero de viaje, que en este caso era mi, a partir de esos tiempos, inseparable grabadora. Ya no necesitaba ponerme a escribir rápidamente nada más llegar a casa; de hecho tengo en la grabadora tres historias que en su momento saldrán hacia el papel…bueno, dos de ellas creo que no lo harán nunca pues no me gustan demasiado, vistas con los ojos con los que escribo hoy en día; la otra, una sobre pingüinos, estoy deseando tener un rato para ponerme a contárosla: esa sí va a estar chula, os lo aseguro.
Bueno, vamos con "St. Kirsten". Este cuento lo ha empezado a ilustrar un extraordinario Ilustrador mexicano; me refiero a Alex Herrerías (https://www.facebook.com/alex.herrerias.9?fref=ts) (https://www.behance.net/AlexH) —todos los derechos reservados—. Alex, muchas gracias por querer compartir conmigo este proyecto que sé que saldrá a la luz cuando tus múltiples compromisos te dejen un momento para terminar de ilustrarlo. Un abrazo desde este blog, en nombre de todos mis seguidores, por permitir que disfrutemos de tu arte.
De momento, amigos, os presento unos bocetos de lo que serán las ilustraciones del álbum ilustrado. Espero que os deleitéis con ellas tanto como yo lo he hecho.
Buenas tardes y seguid soñando y, en este caso, disfrutando de este tiempo de verano, por estas latitudes europeas; por el otro lado del Atlántico ya sé que es más invierno y temporada de lluvias... pero soñad y disfrutad también.
Un fuerte abrazo.
José Ramón.

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué tienen de especial los colegios de élite?
St. Kirsten era uno de ellos y en esta historia se nos revela el porqué, los alumnos que año tras año pasaban por sus aulas, conseguían tan buenos resultados.
Nicolás sabía mucho de esto. Los duendes lo saben todo de nosotros...
En esta historia trepidante, llena de ternura y acción, se pone de manifiesto lo importante que es en la vida la responsabilidad con la que debemos acometer nuestras obligaciones.
Es una historia en la que Nicolás, sustentado siempre por el recuerdo de su querida Amalia, cumple con su obligación de mantener St. Kirsten como lo que, desde la época de sus antepasados, venía siendo: uno de los mejores colegios de élite del país.


El sonido de la bocina que indicaba el inicio de las clases esa mañana del mes de abril sonó angustiada y desagradable, como siempre, en el antiguo y majestuoso patio del colegio.
Esa era la señal para que, los siempre serios profesores, indicasen a los niños que ordenadamente esperaban haciendo fila, el camino de las aulas.
St. Kirsten era uno de esos colegios denominados de élite; de esos en los que en su momento estudiaron los más insignes políticos, economistas, arquitectos, etc, que en la actualidad lideraban los puestos más importantes de la Nación.
¿Os habéis preguntado alguna vez el porqué unos colegios son de élite y otros no? Pues la respuesta la encontraréis a lo largo de esta historia que voy a relatar.
Mucha de la culpa de este éxito atribuido a determinados colegios, por lo menos en el caso del de esta historia, era debida a personajes como Nicolás.
Nicolás se encargaba de velar por el colegio y por sus ocupantes, no sólo por los que, por estar lejos de sus familias, habitaban en su residencia; sino también por los que todas las mañanas acudían al colegio en distintos autobuses procedentes de todos los lugares de la ciudad, e incluso de otras ciudades vecinas, para asistir a clase. Él velaba por todo y a todas horas; no importaba que fuese de día o de noche porque los duendes no necesitaban descansar.
 Sí, Nicolás era un duende de apenas unos treinta centímetros que, según se dice, es la estatura media de los duendes. Era de color verde clarito y tenía unos ojos grandes y avispados, además de una prominente nariz que casi se juntaba con su no menos prominente barbilla. Iba tocado, por supuesto, con su característico gorro terminado en punta. No se podía decir que fuese un duende agraciado, ni tampoco que no lo fuese; simplemente que era un Duende con mayúsculas y que estaba encargado de la protección de “su” colegio.
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Aquel día, en ese comprobar rutinario, detectó que una ensalada tenía una salsa que no estaba en buen estado. Sólo con verla, olerla, probarla…¡qué sé yo cómo lo hacía!, nuestro duende era capaz de detectar si algo estaba en unas condiciones que pudiese perjudicar la salud de sus protegidos; lo cual era su principal misión y para lo que moraba en aquel colegio. Aquella ensalada lo estaba y tenía que ingeniárselas para que no fuese llevada al comedor, en aquellas condiciones, para su distribución.
Una característica negativa que poseen los duendes es que no son demasiado fuertes; más bien son débiles en cuanto a fuerza muscular aunque la suplen con una fuerza intelectual portentosa.
Tenía que hacer que una de las cacerolas que reposaba junto a cazos y otros artículos de cocina, más bien desordenados, en las estanterías desde las que se divisaba ahí abajo la ensalada, cayese
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Era el momento de dirigirse a las aulas y Nicolás salió rápidamente de la cocina en dirección a aquéllas. Debía estar atento por si tenía que sacar de apuros, antes de ir a comer, a algún que otro alumno que no tuviese su día. Cuando Amelia vivía, Nicolás se pasaba todo el tiempo velando por los estudios y los resultados en los exámenes de los pupilos.
De vital importancia era si los alumnos se aplicaban y prestaban atención a las enseñanzas de sus profesores; pero mucho más si el duende o los duendes, como era el caso de Amelia y Nicolás, estaban prestos a sacarles de apuros en los exámenes o cuando sus maestros les preguntaban minuciosamente, de pie junto a la pizarra, la lección del día. Nicolás era uno de los duendes totalmente entregados a la protección de los alumnos y a conseguir que sus notas fuesen de las más altas de entre los colegios del país. En los exámenes .............................................................
Por lo contado, es por lo que digo que los alumnos de los colegios del tipo del de esta historia: futuros médicos, políticos, investigadores, etc.; eran buenos, pero no tanto como se pensaba y se piensa en la actualidad. Los verdaderamente buenos y artífices de sus éxitos escolares y posterior prestigio eran los duendes que los protegían; en este caso, Nicolás. En el éxito de su trabajo radicaba la diferencia entre unos colegios y otros; entre que unos fuesen considerados de élite y otros no tanto.
Un buen día, ya de noche, realizando Nicolás su “ronda nocturna” velando por el sueño de los alumnos residentes, cosa que no hacía tan diligentemente, por cierto, el guardián que por las noches estaba a cargo de la seguridad del colegio; pasó al lado del citado vigilante y lo vio sentado en su cómodo sillón, con la televisión encendida y totalmente dormido. No daba crédito a lo que veía. Un primer impulso le llevó a..............................................................................................................................................