miércoles, 20 de mayo de 2015

Dos de ¡¡RATONES!!...y de ¡¡QUESO CREMOSO!!


Dos ratones, más listos que inteligentes. Dos amigos de aventuras y correrías. Dos locos del queso cremoso…Nos situamos entre las montañas plagadas de árboles que se deslizan  protegiendo sus laderas con sus brazos repletos de recias hojas, nos situamos para vivir una divertida historia…

Buenas noches, queridos amigos. Hoy llueve por estas latitudes y llueve a lo loco, parece que sin sentido…pero ¿le falta sentido a la lluvia alguna vez? Sí, ha llovido y continúa lloviendo “sin sentido” para nuestros ojos interesados…Pero las gotas nunca caen sin sentido, porque la naturaleza no está exenta de sentido nunca. Sí bien esto es cierto, no lo es menos que este verano “sin sentido” que hemos disfrutado en estos pasados días, por fin nos ha dejado y nos ha vuelto al sentido de la Primavera de mayo. Estoy disfrutando del sonido de la lluvia golpeteando en las mosquiteras que tengo puestas en mis ventanas que miran a la naturaleza de unos bonitos olmos mezclados con recios pinos: mezcla extraña como todas las de seres distintos, pero capaces de compenetrarse entre sí…

Gos tenía una inteligencia propia del más inteligente de su especie; en sus correrías entre los muros fríos de aquel monasterio que descansaba al abrigo del solitario y a veces triste valle. Y digo “a veces triste” porque cuando sus monjes cantaban dejaba de serlo y parecía que el Sol se asomaba para ver de dónde venían esa bonitas voces que ya, desde hace mucho tiempo, formaban parte de aquel espacio que respiraba paz…¿siempre? …pues la verdad es que cuando Alf, con su barriga llena de queso -el más glotón de los dos-, y Gos corrían huyendo… divertidos a veces, y con el pánico metido en sus cuerpecillos blancos, otras, no se podía decir que se respirase precisamente paz.

La música me acompaña: es Principessa  de P. Fresu, R. Galliano, J. Lundgren  y presumo que es la ideal para esta noche de tormenta. Mi vela, la que me ayuda a crear este clima de compenetración y tertulia distendida con vosotros, está encendida. El vaso en el que está metida tiene unos dibujos que se me antojan árabes o, al menos, orientales. Es amarillo. Me gusta el amarillo: no el limón, sino el amarillo tirando a mostaza. Mi amarillo, el de mi vaso, el que contiene mi vela, es de un amarillo anaranjado que le da una cierta calidez al ambiente y me hace estar encantado de haber decidido encontrarme con vosotros esta noche sin sentido…Ahora sí lo tiene.
Hoy os vuelvo a traer dos historias con los mismos protagonistas. Dos historias que ya vieron esta ventana a las ilusiones: “Rabo de ratón” (19 de octubre de 2013) y “Queso cremoso” (3 de marzo de 2012). Primero escribí la segunda parte (Queso…) y posteriormente decidí que podría haber una primera parte; que la historia de Alf y Gos necesitaba una primera parte…Seguro habrá una tercera.
Para mí son dos de mis cuentos preferidos y me estoy tomando con mucha calma el buscarles el ilustrador que los llene de vida: todavía no lo he encontrado. Espero que esta noche los volváis a disfrutar.
¿Sabéis una cosa? Me aporta mucho el saber que seguís conmigo en esta aventura de crear sueños. Me llena de satisfacción y de orgullo saber que hemos sido capaces de edificar este espacio en el que ocupamos un lugar en la red de redes: ocupamos el espacio que nos hemos reservado para nuestros momentos. Muchas gracias. Buenas noches…pero precedido de un inmenso abrazo, todo lo largo que queráis.

José Ramón.

Esta es una historia de aventuras en la que dos ratones campaban a sus anchas por un monasterio, paseándose por los lugares donde trabajaban, descansaban y rezaban los monjes a los que consideraban sus amigos y protectores…bueno, no a todos...
Un monasterio en el que sólo se oían las pacíficas voces de unos místicos monjes, es el escenario de esta historia. ¿Sólo? Bueno, también, sobre todo por las noches y si uno presta atención y si, principalmente, se está despierto, se oyen las voces divertidas de Alf y Gos. Divertidas a veces…


RABO DE RATÓN

"Era la hora de la comida; era cuando el Sol del mediodía más calentaba en aquel monasterio resguardado por las montañas y rodeado de magníficos ejemplares de abetos y de serios, altivos y elegantes cipreses. Los monjes hacían un alto en su callada labor y se disponían a comer.
Sentados en los bancos corridos de madera del austero comedor, con sus cabezas gachas cubiertas por sus amplias capuchas de color marrón oscuro y de tejido áspero y nada amable; estaban los monjes saboreando la sopa del día servida en sus cuencos de barro, mientras escuchaban al hermano de turno que, con voz clara, pausada y transmisora de espiritualidad, leía pasajes de alguno de los muchos libros religiosos que atesoraban.
En silencio, todos ellos, comían y meditaban sobre lo que estaban escuchando.
Gustaban echar migas de pan en la sopa que acompañaban con un buen vino de cosecha propia que, celosamente, mimaban y custodiaban en la antigua bodega del monasterio.
Fray Tomás, un entrañable monje, solía sentarse en la parte más alejada del relator pues le gustaba compartir sus migas de pan con sus dos amigos, Alf y Gos, que pacientemente, casi apoyando sus pequeños hocicos en sus pies, esperaban bajo la mesa  que dejase caer esos deliciosos trozos de pan.
Alf y Gos eran dos ratones blancos que compartían su vida con la de aquellos frailes que se pasaban la mitad de su tiempo rezando por todos los que, fuera de aquellos muros, vivían su trepidante mundo sin reparar casi en como el tiempo pasaba por sus vidas. Alf y Gos no sabían rezar, pero……………………………
…………………………………………………………
Una vez, gracias a los reflejos de Gos, Alf se libró de que su frágil cuello fuese atrapado por el frío e implacable hierro de un cepo que, violentamente, se liberó cuando sus manos empezaban a atenazar tan delicioso manjar, con la intención de llevárselo a la boca. Gos lo cogió del rabo y tiró de él enérgicamente,……………..
…………………………………………………………………..
Alf, le pedía insistentemente a su amigo que idease algo distinto para no asumir tanto riesgo a la hora de hacerse con el manjar que tan sugerentemente esperaba pinchado sobre la madera de la trampa. Gos, le decía que el mecanismo del cepo era tan sumamente rápido y violento que no encontraba manera de pararlo interponiendo algo en su camino. Que, de momento, debían de continuar con esa estrategia que tan buenos resultados les estaba dando y que seguiría haciéndolo mientras Alf… conservase su rabo……………………………………………..
…………………………………………………………………..
“Un momento Alf, me parece extraño que haya, justo en los aledaños  de la celda de fray Espina, un trozo de queso abandonado…”, y continuó, “…debemos de tener cuidado, seguro que es otra de sus trampas.”………………………………
……………………………………………………………………..
El reguero de queso condujo a nuestros hambrientos roedores a un cuarto que en su día fue un aula. Estaba vacía de muebles y parecía que no se había abierto hacía años, a juzgar por las telarañas que protegían los rincones del techo.
Una vez se encontraron los ratones dentro, en mitad de la antigua estancia, comenzaron a llegar monjes con sus capuchas, como de costumbre, cubriendo sus cabezas. En esta ocasión era para ocultar su identidad.
Portaban una escoba cada uno y, cerrando la puerta tras de si, a la voz de: “¡Qué no escapen!” y “¡Ya son nuestros de una vez por todas!”, se abalanzaron sobre los ratones con la intención de aplastar sus blancos y suaves cuerpos, de un escobazo. Éstos, con sus estómagos llenos del queso…………………………….."
………………………………………………………………


QUESO CREMOSO

“La noche ya caía sobre el valle plagado de las más variadas especies de árboles y arbustos, y anunciaba el final del día en el monasterio cuyas torres competían en altura con los majestuosos abetos y cipreses que las rodeaban. Aunque, para ser más exactos, lo que verdaderamente anunciaba el final de la jornada, plagada de trabajo y oración, eran las cálidas voces de los monjes que allí habitaban, resonando por todo el valle durante el último rezo del día.
Los protagonistas de este cuento no eran ajenos a todo lo que acontecía en aquella comunidad de religiosos. No lo eran porque, sencillamente, se sentían parte de ella.
Alf y Gos eran dos pequeños ratones blancos que campaban a sus anchas por los pasillos solitarios del monasterio entrando en las celdas para visitar a sus queridos monjes; unos más que otros. Entre los “más” se encontraban los que les dejaban comida en sitios estratégicos. Entre los “menos”, los que se afanaban en preparar unos magníficos cepos con suculentos trozos de queso. Esto último, a Alf y Gos, no les preocupaba nada en absoluto pues tantos años en el edificio y con los mismos monjes, habían propiciado que aprendiesen, entre los dos, a comerse el deseado trozo de queso a pesar de lo peligrosamente tenso que se encontraba el muelle del mortífero aparato…………………………………………………
………………………………………………………………..
Alf era más gordito que Gos, pues le gustaba bastante comer y, a veces, sufría alguna que otra indigestión. Por su parte, Gos, era más racional y pensaba y calculaba mucho las cosas antes de decidirse a emprender una nueva aventura. Podríamos decir que Gos era el cerebro de la pareja mientras que Alf era el corazón…mejor dicho, el estómago………………………………………….
………………………………………………………………..
Decidieron no esperar más. Había llegado la noche en la que irían a la celda de Don Gaspar para disfrutar de la comida que, de seguro, estaría preparada como en tiempos del llorado Don Sebastián………………………………………….
…………………………………………………………….
El susto fue morrocotudo. Salieron atropelladamente de la celda por donde habían entrado y se dirigieron a su centro de operaciones: la bodega……………………

……………………………………………………………….


viernes, 1 de mayo de 2015

CAMINO DEL OESTE


Buenas noches, compañeros fieles de mis cuentos que poco a poco van encontrando su camino…aunque no es fácil, os lo aseguro. En este mundo de la literatura infantil cuesta mucho que una editorial quiera “arriesgarse” con modelos y estilos distintos de los de sus colaboradores, sobre todo en estos tiempos difíciles…para aventuras. Así es que mientras me llegue el momento tan esperado de poder libremente mostrar mis historias al completo, os voy enseñando algunas partes que selecciono con cuidado, de todas ellas.
Estoy pasando una época de trabajo y ocupaciones que no me dejan estar con todos los que os siento al otro lado de la pantalla, y disfrutar de vuestro disfrute en las visitas al blog. Echo de menos el poder contactar con vosotros más frecuentemente de lo que últimamente lo hago, pero sé que me lo perdonáis pues seguimos avanzando en la aceptación del blog: ya hemos sobrepasado ampliamente las 11.000 visitas y las 96.000 visitas en mi cuenta de google, en la que también se ven las entradas presentadas en el blog. Esto me ayuda y me estimula a seguir deseando entrar con frecuencia, aunque no siempre pueda, y contaros cosas.
Hoy os quiero traer un cuento que os presenté en el 2012, en junio, y que os lo quiero recordar. Busco el ilustrador adecuado para él y no me está siendo fácil pues no hay demasiada gente experimentada en el dibujo de vehículos y máquinas de tren, sobre todo de las que en tiempos surcaban nuestras tierras. Máquinas que me las imagino y así las veía de pequeño, cuando desde sus ventanales veía los campos por los que pasábamos, serias y responsables en su trabajo, siempre resoplando y lanzando sus suspiros, blancos y densos, al cielo. Eran máquinas que por la noche me daban miedo: eran negras y hacían ruidos ensordecedores que se me antojaban provenientes de sus entrañas, a través de sus ruedas metálicas y las barras que las unían. Las miraba de reojo, a las ruedas, y siempre me sorprendían sus resoplidos cortos y violentos, como queriendo decir "¿quieren ya subir de una vez al tren que me canso de esperar?". Todo eso me imagino que pensaba cuando me disponía a subir a los vagones, con el nerviosismo de un niño que empieza a viajar y a ver mundo…¡¡anda que no he visto mundo después de aquello!! Me daban miedo, pero me gustaban y, como os digo, me parecían entrañables y conforman uno de los mejores recuerdos de mi infancia. Por ello escribí “Camino del oeste” y, por eso, deseo tanto encontrar a alguien que sea capaz de ilustrarlo y dar vida a mis sueños y recuerdos. Hoy los comparto de nuevo con todos vosotros. Espero que los disfrutéis.
Recibid un abrazo lleno de melancolía por aquellos tiempos que ya no volverán más que a través de estas historias, como por la que quiero me acompañéis hoy.
José Ramón.


“Camino del oeste” es un relato lleno de ternura que hace referencia, con añoranza, a tiempos pasados. A través de su lectura se puede disfrutar del embriagador olor a carbón quemado  que produce Martina, la máquina protagonista de la historia, y que nos permitirá viajar con ella a ese mundo que anhelaba.
Martina no está a gusto con el trabajo que le ha tocado realizar y su sano inconformismo y valentía -valores que se ponen de manifiesto en el relato-, propician que pueda llegar el cambio y la mejora.
¡¡Pues no esperemos más; no hagamos esperar a Martina!! ¡¡Viajeros al tren!! Piiiiiiiiiiiiii....chuf........chuf...........chuf.., chuf...,chuf..chuf...chuf, chuf, chuf.piiiiiiiiiiiii.


Era pasada media noche cuando a Martina le despertó un empujón y un fuerte golpe seco, precedidos ambos por el chirrido de frenos que le eran muy familiares. Cada cuatro o cinco días ocurría lo mismo. A ese sobresalto inicial sucedía siempre un repiqueteo, sonoro y rítmico, al contacto de los metales. Los trabajadores que operaban la “Última Terminal” –así se llamaba aquel lugar–, ataviados con unos martillos extremadamente largos, golpeaban rutinariamente las ruedas de los vagones que acababan de enganchar para su traslado, comprobando que todo estaba correcto para el viaje.
Martina ya conocía esta rutina pues desde hace bastantes años venía haciendo este trabajo. Sabía que tras este ritual debía emprender la marcha.
Martina era una de esas antiguas máquinas de vapor que se paseaban por todos los pueblos del país con su llamativo canto y su elegante columna de humo blanco, hasta que la llegada de las nuevas máquinas eléctricas ocasionó que fuese retirada, cuando tan sólo tenía un año de vida, y destinada al trabajo que realizaba en aquellos días.
Qué orgullosa y feliz se sentía al principio y qué desgraciada después.
Martina se encargaba de llevar vagones viejos y en desuso a unos hangares, a aproximadamente cien kilómetros de la ciudad, para su posterior desguace y destrucción. Representaba un triste trabajo ser la última en conducir a unos vagones de mercancías o de pasajeros, según el día, en su último viaje a su destrucción. No era agradable su misión y temía que un día, que presumía no muy lejano, fuese ella parte de ese macabro convoy, tirado por una flamante máquina eléctrica; fría y nada elegante...............................................
A mitad de camino, motivado por una luz roja de uno de los semáforos que se distribuían por la vía para regular la circulación ferroviaria, se veía obligada siempre a hacer un alto de unos minutos: quizá a esa hora, en una estación cercana, nudo de comunicaciones de la zona, debía ceder el paso a un tren de pasajeros que, camino de su destino, circulaba a gran velocidad..............................
La luz se tornó verde y Martina, al frente de su convoy, reanudó su parsimoniosa marcha acompañada únicamente por el rítmico “chuf-chuf” de su caldera y por los primeros rayos de Sol que, cegándola, le daban los buenos días al llegar al semáforo. Era la única alegría que recibía................
 Esas ventanas eran de aquellas que los pasajeros, en su curiosidad por saber a qué estación habían llegado, abrían de arriba hacia abajo para asomarse. Se sabía que en esos vagones semejante acción no se debía hacer durante la marcha pues entraría por la ventana la carbonilla que la máquina en cuestión, en su armonioso “chuf-chuf”, proyectaba al aire  formando una cortina que envolvía al tren en su conjunto. ................................
Pitido sonoro y ciertamente estridente del Jefe de Estación y chuf……chuf……chuf….chuf..chuf-chuf,chuf,chuf….piiii!!!!! Martina se empezó a alejar camino de su destino, con la pena de.............................................
¡Verde, por fin!  Pero… ¡era el otro!; el nuevo…………………………..
¿Qué pasa si me voy por él?, pensó Martina. No dudó ni un segundo más, no fuera a ser que se pusiese en rojo y tuviese que irse por el suyo, como siempre. ¡Inició su marcha camino del oeste! ..............................................
Llegaba a la primera estación de su recorrido. A lo lejos divisaba la banderola roja del Jefe de Estación que le indicaba que debía detenerse. Se acabó, pensó Martina. Ha merecido la pena esta sensación de sentirme de nuevo activa y con una libertad que no disfrutaba desde hacía mucho tiempo, se dijo tratando de buscar la compensación a su “escapada”. Ese pensamiento le hizo llorar y obediente.............................
La columna de humo, producto de una subida en la presión de la caldera, alcanzó una altura que incluso sorprendió a la feliz Martina.
.............................................................