jueves, 2 de noviembre de 2017

CAMINO DEL OESTE





Hola, amigos, desde esta parte de la pantalla a la que llevo sin acercarme casi un mes y medio. Perdonadme por ello pero es que no tengo todo el tiempo que me gustaría dedicaros. Sé que vosotros sois muy fieles a este espacio y me perdonáis que el trabajo no me deje demasiado tiempo para estar con vosotros. Esto lo digo porque, aun no habiendo publicado ninguna nueva entrada este mes de octubre pasado, no habéis dejado de querer pasar unos minutos en nuestro rincón. Sí, hemos tenido más de setecientas visitas en el mes y ya estamos rozando las veintiocho mil…¡¡jo, quién me lo iba a decir tan solo hace cinco años, cuando este blog empezó a coger velocidad, aunque la apertura tímida ocurrió en el 2011, como bien sabéis los antiguos de nuestro lugar en el que nos damos tregua del ajetreo de la vida!! Sí, el tiempo pasa muy rápido y, desde entonces, ya somos muchos los que queremos vernos por estos lares. Gracias a todos, una vez más, por querer compartir vuestro tiempo conmigo, con nosotros.
¿Sabéis una cosa? Yo este espacio lo veo, no solo como un lugar en el que aislarme del mundo y leer algo que me agrade más o menos. Lo veo como un lugar en el que lo que leo me permite hacer volar mi imaginación…me permite dar forma a mis ilusiones y que se puedan hacer realidad. No os voy a engañar, pero el ambiente que me creo cuando me meto de lleno en la pantalla, para sentiros, para tocaros y estar cerca de vosotros, con mi té y mi música (hoy es música de relax, Reiki, meditación, etc), ayuda a que esas ilusiones recorran el interior de mi mente. La historia que viene conmigo hoy, esta noche, es un relato de ilusiones.
La traje en el 2012, en el 2015 y en el 2016: solo en tres ocasiones, Camino del oeste, pasó por nuestro blog. Es una historia para la que no ha sido fácil encontrar el ilustrador adecuado. Ahora ya lo tiene y creo que convendréis conmigo en que la argentina, Ana María Nale, y su estilo naif, es la persona adecuada para dar vida a las ilusiones de Martina, la protagonista de esta historia. Su web ya la conocéis: http://www.anamnale.com.ar/publicaciones.html (todos los derechos reservados). Gracias, Ana, por la maravillosa manera de ilustrar que tienes. Es para mí un verdadero placer compartir proyecto contigo e intentar que las ilusiones de Martina, nuestra máquina vintage, puedan ver la luz pronto y que todos los que pasan por este espacio lleguen a experimentar eso que se siente cuando se acarician y se huelen las páginas de un nuevo álbum ilustrado hecho realidad. ¡Gracias, amiga!
Y a vosotros, queridos seguidores, queridos amigos, no os voy a contar más cosas sobre lo que para mí significa este cuento: en las entradas del 1 de mayo de 2015 y del 6 de diciembre de 2016 creo que fui capaz de transmitiros esas sensaciones que me impulsaron a escribirlo, allá por julio de 2010 (¡jooo, ya más de siete años!). Os recomiendo que las releáis. Yo lo he hecho, con ojos ajenos, antes de ponerme a escribiros hoy y me ha gustado recordarlas.
Bueno, pues os dejo ya con esta entrañable máquina de un tren de otros tiempos…¿mejores?...
Un cariñoso abrazo a todos vosotros, mis amigos en esta ventana. Por favor, como siempre, no dejéis de soñar y de ser felices. Muy buenas noches.
José Ramón.

“Camino del oeste” es un relato lleno de ternura que hace referencia, con añoranza, a tiempos pasados. A través de su lectura vemos cómo discurre la vida de Martina, una joven máquina de tren a vapor, que se ve relegada al transporte de vagones en desuso camino del desguace. En este relato se puede disfrutar del embriagador olor a carbón quemado que sale por su chimenea negra y compartir la desazón de la protagonista por la vida que le ha tocado vivir. Con ella viajaremos camino del oeste, mundo que anhelaba alcanzar algún día. Su sano inconformismo y valentía -valores que se ponen de manifiesto en el relato-, propician que quizá su vida actual se vea alterada.


Martina era una de esas antiguas máquinas de vapor que se paseaban por todos los pueblos del país con su llamativo canto y su elegante columna de humo blanco, hasta que la llegada de las nuevas máquinas eléctricas ocasionó que fuese retirada, cuando tan sólo tenía un año de vida, y destinada al trabajo que realizaba en aquellos días.
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A mitad de camino, motivado por una luz roja de uno de los semáforos que se distribuían por la vía para regular la circulación ferroviaria, se veía obligada siempre a hacer un alto de unos minutos: quizá a esa hora, en una estación cercana, nudo de comunicaciones de la zona, debía ceder el paso a un tren de pasajeros que, camino de su destino, circulaba a gran velocidad..............................
La luz se tornó verde y Martina, al frente de su convoy, reanudó su parsimoniosa marcha acompañada únicamente por el rítmico “chuf-chuf” de su caldera y por los primeros rayos de Sol que, cegándola, le daban los buenos días al llegar al semáforo. Era la única alegría que recibía................
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Llegaba a la primera estación de su recorrido. A lo lejos divisaba la banderola roja del Jefe de Estación que le indicaba que debía detenerse. Se acabó, pensó Martina. Ha merecido la pena esta sensación de sentirme de nuevo activa y con una libertad que no disfrutaba desde hacía mucho tiempo, se dijo tratando de buscar la compensación a su “escapada”. Ese pensamiento le hizo llorar y obediente.............................



lunes, 18 de septiembre de 2017

EL GLOBO DE LA VIDA





¡Hola a todos los que nos gusta pasar un rato en este blog! Ya olvidado el verano y camino del otoño e invierno os traigo algo que tiene que ver con el tiempo, con las distintas épocas, con esos años que siempre nos parecen mejor que los que estamos viviendo ahora. ¿Y lo son? Yo creo que no. Nos parecen así porque los vemos con los ojos de antes, desde ahora. Los tiempos son lo que son: unos buenos y otros menos buenos, pero vividos en su momento. Quizá dentro de unos años digamos que qué buenos eran esto días y…ahora, a lo mejor, o a lo peor, no nos lo parecen tanto. Por eso, siempre me refiero a lo importante que es vivir el presente, preparados para el futuro y dejando atrás el pasado, que ya pasó, para bien o para mal.
Hoy os traigo una historia que tiene que ver con el tiempo pasado de Justino:

Esta historia que paso a contar, me la contó en su día el protagonista de la misma, aunque yo no me la he llegado a creer nunca. Algo tan maravilloso no ha podido llegar a suceder. De todas formas, como me la contó, hoy yo la relato aquí.
Justino era un hombre que ya pasaba de los treinta. Vivía en una pequeña casa de campo que en su día formó parte de lo que estaba llamado a ser una granja muy productiva, de las mayores de la comarca, si no llega a ser por la desgracia que sufrió en su niñez. Dedicaba todo su tiempo y sus esfuerzos a cuidar de su abuela, ya anciana y desde hace años impedida. Cuando podía, y el cuidado de ella se lo permitía, con su vieja furgoneta realizaba encargos y transportes  que le reportaban un dinerillo, con el que iban sobreviviendo los dos, más mal que bien.



Pertenecían, en su tiempo, a una familia adinerada; pero debido a la desgracia que cayó sobre ellos, cuando Justino tan sólo contaba con nueve años, les hizo tener que ir vendiendo las tierras que rodeaban la casa, hasta donde la vista alcanzaba; y las reses cuya magnífica carne vendían a buen precio en los mercados de la zona.
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Sí, este relato, los más antiguos del blog, lo conocéis. No pasaba por esta ventana desde junio de 2014. Hoy lo hace por una razón principal y es porque ha cambiado de ilustrador. Mi compañero Juan M. Moreno no ha podido seguir adelante con él y he tenido la suerte de que, en mi recorrido por esta senda del álbum infantil, me haya encontrado con una gran ilustradora cuya manera de dar vida a lo escrito me recuerda a los tebeos que tanto me gustaban de pequeño. Ha sido una suerte que, mi ahora compañera en este mundo, Ana Forradellas (reservado todos los derechos), haya querido compartir proyecto conmigo. Aquí podéis ver parte de su arte: http://anaforradellas.blogspot.com.es/ . Ana, desde aquí te muestro mi agradecimiento por haber aceptado mi propuesta y por lo rápidamente que te has implicado en que saquemos adelante nuestro proyecto, El Globo de la vida. Un gran abrazo para esta mañica que va a dar forma a Justino y todo lo que le sucede a bordo de un bonito globo de colores.




Aquí podéis ver los primeros bocetos que darán forma a lo que esperamos sea un gran álbum ilustrado lleno de fantasía y dirigido a edades inciertas. Quizá sea uno de los cuentos más abiertos que he escrito pues puede ser disfrutado por pequeños, de unos siete años en adelante, como por personas ya no tan pequeñas…es decir, por todos los que me leéis aquí y disfrutáis con lo que os traigo. Espero que así sea.

Él me seguía contando…
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Un buen día acababa de llegar de hacer unos transportes cuando, de repente al bajarse de su furgoneta, vio uno de esos grandes globos de colores que, en los días de buen tiempo, se divisan surcando los parajes  como aquél en el que vivían Justino y su abuela.
Ante su asombro, el inmenso globo de bonitos colores, tomó tierra muy cerca de donde él se encontraba. Lo venía conduciendo un hombre de edad difícil de calcular, pero con una sonrisa y mirada especiales. Con un gesto de la mano le invitó a subir a su nave. Él, Justino, no supo el porqué accedió a la invitación, sin conocerle de nada y, sobre todo, porque debía atender a su abuela que llevaba toda la mañana sola. No lo supo, pero lo hizo.
Subió a la cesta del globo con la ayuda, sin mediar palabra alguna, de aquel cautivador hombre. A continuación, el quemador soltó un chorro de fuego y el globo comenzó a elevarse. Empezaron a meterse entre las nubes blancas que esa mañana cubrían parte del cielo, mientras Justino veía alejarse su casa, desapareciendo de su vista, con cierta preocupación.

Y ya, a vosotros, mis amigos, os dejo con la sinopsis de esta, creo que, bonita historia y con el final de lo que os puedo traer a esta páginas…ya sabéis que los plagiadores están muy atentos.
Un abrazo fuerte con mis deseos de que soñéis y seáis felices.
José Ramón.

El “Globo de la Vida” es una historia de fantasía en la que podremos soñar, de la mano de Justino, con viajar al pasado y tener la oportunidad de cambiar algo de lo que sucedió entonces y de lo que no estamos demasiado contentos. El medio de viaje: un globo.
En este relato se ensalza, fundamentalmente, lo importante que es la familia en la vida de una persona y el cariño que debe existir entre sus miembros.

Pasaron entre ellas un tiempo que Justino fue incapaz de calcular. Estaba un poco asustado, pues se decía cómo había sido tan imprudente de subirse a ese artefacto: sin saber a dónde iba; ni quién era ese hombre que con maestría lo guiaba; ni, sobre todo, cuándo iba a regresar.
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¡Por fin, salimos de las nubes!, dijo aliviado al ver de nuevo su casa  y que estaban descendiendo.
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domingo, 3 de septiembre de 2017

FARO DE LEÑA (final)








Ya cerca del antiguo y destartalado faro el director aproximó el barco a unas escaleras que, desde la plataforma donde se encontraba y se asentaba lo que quedaba del faro, se introducían en el mar. El yate se apoyó por su amura de estribor y el capitán saltó con el cabo de amarre en las manos sobre las escaleras que tenían, producto de cuando subía la marea y las cubría, un verdín muy resbaladizo que casi le hizo caer y precipitarse al agua. Ya fija la nave firmemente en una argolla que al efecto se encontraba allí bien empotrada en la roca, el director puso los pies en los escalones y juntos, con gran curiosidad, empezaron a subirlos.
Ya en lo que fue la puerta, apartaron las tablas que la sustituía y entraron en una pequeña estancia que contrastaba con el exterior. Realmente era una cámara acogedora. De planta circular, como el faro en su conjunto, disponía de lo que un observador neutral podría calificar como lo mínimo que una persona necesita para vivir: su pequeña cocinilla a base de un infernillo de gas con su rechoncha bombona de gas, un pequeño frigorífico de esos que utilizan un compresor diminuto, una mesa, una silla perteneciente a un modelo distinto del de la mesa; unas cuantas maderas colocadas a modo de alacena que, sin duda y a juzgar por lo bien colocados que se mostraban los utensilios, latas y trastos que descansaban sobre las tablas, hacía las veces de una despensa rudimentaria. Sí, rudimentaria, pero despensa. No faltaba tampoco un colchón enrollado sobre sí, a semejanza de un brazo de gitano, de los de repostería, de cuyo centro colgaba una tela de nylon que indicaba que aquél era el sitio para el saco de dormir. Algún que otro libro, una pequeña radio, de esas de bolsillo, y velas repartidas por aquí y por allá también se podían ver. Todo era muy básico pero había algo que hablaba de cierto gusto y estética en la decoración del conjunto. Sí, era muy acogedor y…por qué no decirlo, se notaba la mano de una mujer en aquél faro abandonado.
—Buenos días, ¿puedo ayudarles en algo? —dijo la recién llegada, a sus espaldas.
Los dos dieron un respingo tal que de estar en el borde de un acantilado, como los de por allí, se hubieran ido a saludar a Neptuno.
En donde estuvo el quicio de la puerta del faro, se dibujaba la figura de una mujer de unos cuarenta años muy bien llevados, aunque su apariencia externa no estaba lo cuidada que debiera. Portaba unas bolsas de un conocido supermercado del pueblo más próximo.
—Me llaman Reina y ¿ustedes son?
Los dos se presentaron, un poco aturullados pues no se habían recuperado, todavía, del susto y de la sorpresa de encontrarse una persona como aquella en aquel sitio que no parecía el más adecuado para ella.
Les ofreció sentarse: a uno en la única silla que había en la cocina-dormitorio-sala de estar… y al otro encima del colchón enrollado (vamos, en el dormitorio). Ella empezó a ordenar la compra (en la cocina y en la despensa)…
El capitán, desde la silla, empezó a relatarle el motivo de la visita y cómo la noche anterior habían salvado la vida frente a esas costas.
Ella les refirió cómo naufragó su barco.
—Mi marido no pudo sobrevivir —dijo con las lágrimas en los ojos a punto de rodar mejilla abajo y haciendo gestos que se notaban que ya eran demasiado repetidos por la de veces, en los últimos tiempos, que tuvo que aprenderlos para hacerse fuerte: la situación en la que se encontraba y su misión así lo requerían—. Yo tuve la suerte de asirme a parte de la botavara de nuestro velero que se partió en dos en la tempestad. No sé cómo pude llegar a estas escaleras y a este faro —dijo con agradecimiento a Dios acompañando una mirada al techo justo debajo de la cúpula vacía.
—En ese momento —les dijo—, decidí que ningún otro barco naufragaría en aquellas costas por falta de una luz que previniese de lo peligroso de estos acantilados rocosos —y señaló hacia los acantilados que los rodeaban.
Ella se encargaba todas las noches de encender una hoguera que, combinada con un simple sistema de paneles giratorios para ocultar y dejar pasar el resplandor de las llamas, muy rudimentarios y que orgullosa les mostró, alimentaba con madera acarreada con mucho esfuerzo en su pequeña barca, regalo de un pescador de la zona.
—Aquí no estoy mal, pero cuando el mar se enfada, que es más frecuente de lo que quisiera, debo de permanecer demasiado tiempo metida entre estas piedras, sin demasiados víveres, porque no hay demasiado espacio para acumulaciones, ni, lo que es peor, sin madera que prender —dijo apesadumbrada pero con un aire demasiado profesional para lo que se esperaba de la persona que tenían ante ellos, en aquella situación.
El director no dejó que siguiera.
—Reina, en agradecimiento por haber salvado la vida de los doscientos reclusos les voy a proponer, y espero que estén de acuerdo conmigo, el construir, con su esfuerzo y sus manos, una escalinata que desde el faro te permita subir a pie por el acantilado hasta la parte superior —dijo convencido de que aquellos que salvaron la vida la noche anterior lo aceptarían entusiastamente—. Además, haré las gestiones, a través de las autoridades nacionales, para que se construya un nuevo faro en esta zona y propondré que se te nombre a ti farera oficial. Todo esto último costará un poco de tiempo.
Reina lloró de emoción.
Tal como así lo prometió el director de Nueva Noya, se desarrollaron los hechos. La escalinata fue construida en tan solo tres meses de duro trabajo de 24 horas por parte no solo de los doscientos presos que salvaron sus vidas sino por todos los que estaban recluidos en la prisión. Reina, después de eso, no dejó una sola noche sin luz la zona de acantilados. Desde entonces no se registró ni un solo naufragio en la zona.


Hoy en día, tras un año de la visita al faro del director y del capitán, es posible ver en esa costa un flamante faro, dirigido por una mujer y comunicado, aparte de por una estrecha carretera, por una larga y espectacular escalinata de casi setecientos escalones que asciende descaradamente por el acantilado y que es recorrida y visitada por cientos de personas cada año.
Reina está feliz y su reluciente más que nunca, Queen of Queens, se muestra orgullosa a los pies de una brillante cúpula.
Por su parte, el capitán, no deja de hacer sonar su bocina cuando el Península Ibérica navega frente a la costa a la altura del Faro de Leña. Con este nombre se conoce el nuevo faro en memoria de aquél sobre el que se edifico, para que la historia de Reina no sea olvidada jamás.


Bueno, queridos amigos, con esta tercera entrega termina este nuevo relato que os he querido traer sobre faros. Ella os parecerá que es una historia de fantasía y no os quito la razón, pero sí os quiero decir que algunos de los aspectos de ella son reales y son los que me han dado pie a crearla y contárosla. Yo ahora os reto a que adivinéis qué parte de la historia es real. Decídmelo a través de vuestros comentarios y quizá os lo desvele…
Espero que os haya gustado y que hayáis pasado un rato agradable en nuestro rincón para tener un rato de tranquilidad.
Ya solo me queda desearos algo que no es nuevo para vosotros: qué seáis muy felices y qué no dejéis de soñar.
Buenas noches.

José Ramón.


martes, 29 de agosto de 2017

FARO DE LEÑA (2ª parte)






Unos meses previos, o quizá algún año antes…en el mismo lugar…
Los relámpagos hacían presagiar lo peor. Uno de ellos dejó ver en la noche, como en las buenas películas de suspense, el nombre del velero, de casi 20 metros de eslora, que ya había recogido sus dos velas, la mayor y la génova. El viento fuerte podría dañarlas y su patrón había decidido navegar a motor. “Queen of Queens”, resaltaba en la aleta de babor con letras de oro.
—Reina, esto se pone feo —le dijo a ella que, con mucho esfuerzo por mantenerse medianamente en equilibrio, trataba de asegurar los armarios en el camarote que acababan de escupir todos los útiles de limpieza, latas de conserva y demás víveres para los días de navegación que parecía tocaban a su fin, a juzgar por lo que había fuera de la estancia seca en la que ella seguía luchando.
A él le gustaba llamarla así pues realmente era su reina en su vida. No llevaban demasiado tiempo casados y su luna de miel la habían retrasado hasta entonces. En su momento asuntos laborales impidieron celebrarla como Dios manda.
Venían de otros mares y su bandera en la popa lo revelaba. La vida, que siempre es muy caprichosa, más de lo que a veces quisiéramos, les condujo aquella noche frente a aquellos acantilados traicioneros con una historia muy próxima a lo macabro.
—¿Cómo vas ahí abajo, reina? —gritó con el rostro helado y chorreando agua salada mientras otra ola trataba de engullir el barco entero.
—Ya tengo todo asegurado, aunque no sé lo que durará. Esto se mueve demasiado —contestó a voces que se ahogaban entre el crujir de la fibra de vidrio del casco del barco y el golpeteo inmisericorde de las salvajes olas, mientras se terminaba de colocar su traje de agua y encaraba los pocos escalones que la separaban de donde él continuaba tratando de controlar el barco. En aquellos instantes, la cubierta, era lo más parecido al infierno, pero con agua y viento.
Presentía que debían de estar juntos en aquellos momentos y no lo dudo. Subió junto a él, por muy peligroso que aquella situación parecía. Realmente lo era.
—Hola —le dijo él y la beso.
Fue lo último que se dijeron.
Una ola golpeó definitivamente el velero, considerado muy marinero. No pudo resistir aquel embate final.

Peninsula Ibérica
—¡Espere Capitán! Allí, por estribor, se adivina una débil luz en lo que parece ser un faro. Se apaga y enciende siguiendo siempre la misma secuencia —informó desesperadamente el segundo oficial—. No figura en ninguna de las cartas de navegación, aunque sí en las más antiguas de hace unas cuantas décadas. Su código no es el mismo que solía utilizar pero tiene el patrón de los utilizados por los faros —concluyó con cierta satisfacción.
Así fue como el Península Ibérica, apoyado en aquél clavo ardiendo, logró evitar, por bien poco, los mortíferos cuchillos salientes de los acantilados y llegar a la Isla Noya cuando ya empezaba a clarear, con una tripulación extenuada y feliz de volver a ver la luz del día. Nunca unos convictos tuvieron más ganas de ser encerrados en sus celdas como en aquella ocasión.
Durante la mañana de su llegada, el capitán del buque se entrevistó con el director del Nueva Noya y le relató la penosa noche de miedo e incertidumbre que pasaron a bordo del Península, como a su capitán le gustaba llamarlo cariñosamente, y más después de aquellas horas dramáticas. Le contó el alivio que supuso ver aquella extraña secuencia de luz tenue y, a veces, temblorosa. Tanto le debían a esa señal nocturna y tan extraña les pareció que decidieron ir juntos a la zona en la que la divisaron.
El director ofreció al capitán trasladarse en su pequeño yate oficial que descansaba en el embarcadero del penal. El temporal había remitido y el mar presentaba una asumible marejadilla.
El capitán proporcionó las indicaciones de situación de donde aquella lucecilla hizo su trabajo para salvarles la vida. Realmente era un buen marino, conocedor de su oficio, y sus indicaciones fueron todo lo precisas que necesitaron para avistar rápidamente, en el litoral, el pequeño cabo que andaban buscando. 



En él se adivinaba una pequeña edificación de lo que, a bien seguro, fue en su día un faro, como bien dijo el segundo oficial la noche pasada. Solo tenía la corteza exterior de piedra. La cúpula superior carecía de la vidriera y las lentes y el sistema giratorio que en su día hizo sus funciones. Las paredes se mostraban con desconchones producidos por el abandono y quizá también por la furia de los vientos. Alguna pintada hecha por artistas del tres al cuarto también le daba un aspecto de abandono. La puerta no existía y en su lugar había unas tablas apoyadas. Estaban ya a menos de media milla y el capitán le pasó los prismáticos, con los que fue describiendo todo lo que estaba divisando, al director.
­—¡Mire, director! Allá, bajo la cúpula. Aquello que brilla. Parecen unas letras que no consigo identificar. Reflejan demasiado la luz del Sol.
QueenofQueens…—casi deletreando y sin saber muy bien lo que significaba el director le devolvió los prismáticos para que pudiese, su compañero de viaje, confirmar lo que acababa de leer.


CONTINUARÁ...
Buenas noches mis queridos. Por favor, no dejéis de soñar y de ser felices. 

José Ramón.






domingo, 27 de agosto de 2017

FARO DE LEÑA (1ªparte)





—¡Capitán no hay casi visibilidad y debemos estar ya cerca de Isla Noya! El mar sigue embravecido y hay peligro de precipitarnos contra los acantilados —dijo el oficial de puente, a través de su teléfono, desde el puente de mando. Estaba preocupado pues el historial de esas latitudes no auguraba nada bueno con aquellas condiciones de la mar que estaban “disfrutando”: los naufragios por allí se contaban por decenas.
El capitán también era consciente de lo que se estaban jugando y a lo que se estaban exponiendo al navegar por zona tan peligrosa en esas condiciones, pero tenía plena confianza en su equipo, en su tripulación de hombres (pues no había ninguna mujer a bordo) muy experimentados.
La zona era realmente peligrosa en noches como aquella pues no había ninguna señal luminosa que indicase por dónde estaba asentada la costa y, no en vano, más de una petición oficial fue cursada por las autoridades locales para que en ese lugar abrupto del litoral, en el que el mar solía castigar violentamente a sus usuarios, se colocase un faro que evitase más desgracias a la cuenta particular de la zona: ya se contabilizaban más de cien muertes en los últimos diez años.
El Península Ibérica se dirigía a la Isla de Noya con un cargamento tan sensible como especial: 200 convictos estaban siendo trasladados de una cárcel ya demasiado saturada a la denominada Nueva Noya, que apenas llevaba un año funcionando a toda máquina (término muy apropiado en este relato).
—Capitán, por estribor se divisa lo que parece ser la silueta de los acantilados —dijo con tono tranquilo, pero no exento de gravedad, el primer oficial. Éste era su mano derecha y su hombre de mayor confianza.
Eso significaba que se dirigían de manera peligrosa directamente hacia ellos. Quizá en breve ya no tendrían tiempo de enderezar el rumbo y evitar la colisión mortal. No tenían referencias en la costa que les permitiesen identificarla con claridad y sortear los obstáculos que pudiese presentar.
El mar asustaba, con olas de más de seis metros y vientos con rachas de más de 50 km/h.
El capitán subió al puente de mando. Debía hacerse cargo de la situación. Él era el responsable del barco y no quería que en esos momentos difíciles las decisiones para el gobierno del barco las tomase su personal de servicio. Si debían estrellarse contra el rocoso acantilado quería tener que ver mucho en esa situación: era el Capitán. (Mucho debería aprender de él el famoso capitán italiano, Schettino).
En los camarotes se empezaban a dar cuenta de la situación complicada en la que se encontraba el barco lleno de reclusos: asesinos unos, violadores otros y catapultados al penal por culpa de las drogas y delitos menores, los más. Aun no siendo lo mejor de cada casa, ninguno merecía terminar sus días de aquella manera, encerrados en aquel buque que ya se les antojaba demasiado estrecho. Esa muerte, cada minuto que pasaba, ganaba en probabilidad de ser la que les esperaba.
El miedo y la impotencia, unidos a las bruscas sacudidas del barco, golpeado sin compasión por un mar muy enfadado, hacía que más de un vómito corriese de lado a lado por las estancias que ya olían demasiado mal. Ese ambiente no contribuía en nada a calmar los espíritus de gente acostumbrada a no pasarlo demasiado bien…Pero aquello era otra historia en la que ninguno tenía experiencias previas que contar y en las que buscar referencias de comportamiento y gestión de emociones.
Los carceleros esperaban, de un momento a otro, la orden de liberar a los prisioneros de sus grilletes. Estaban con los salvavidas a mano para empezar a repartirlos entre sus viajeros y qué Dios repartiese suerte. Los botes salvavidas ya no eran una opción de salvación.
Al puente de mando llegaban los interrogantes angustiosos procedentes de los camarotes. El capitán ya había decidido: “Oficial, páseme el micro y active la megafonía en todo el barco”, dijo, muy a su pesar, pero con voz serena y grave. La situación no era para menos.
—Atención, Peninsula Ibérica, les habla el capitán — empezó sus órdenes de guía para el abandono del barco.

CONTINUARÁ...
Buenas noches queridos seguidores y no os olvidéis de soñar y ser felices. 

José Ramón.


domingo, 30 de julio de 2017

PIEDS TANQUEES



Seguimos con temperaturas muy altas: 39 grados en el momento que aconteció lo que os quiero contar. No es que sea nada del otro mundo pero es que tengo ganas de estar con vosotros y contaros algo para que viváis un momento conmigo. Buenas tardes, mis queridos seguidores de mis ilusiones.
Yo creo que eran amigos los que jugaban con esas bolas de acero que pesaban más de lo que se espera cuando se las coge para lanzarlas: entre 600 y 800 grs. Jugaban dos parejas, una contra otra. Los dos de una pareja eran hermanos, con poco pelo y de unos 70 años. Uno bastante más alto que el otro. Los dos con bermudas, aunque las del bajito eran bastante más adecuadas para esa parte de la sesión del circo que los pequeños tanto esperan que llegue. Desde luego para jugar allí, en donde estaban, llamaba bastante la atención y estoy seguro que provocaba la distracción de sus contrincantes.
La otra pareja era más de andar por casa; vamos, más corriente: nada de llamar la atención. Una pareja de dos en el que uno estaba en los 70, como aquellos, y el compañero en la cuarentena. Se les veía más profesionales.
Cada uno de los cuatro disponía de tres bolas metálicas, como mandan las reglas inventadas en la Provenza, aunque se dice que los soldados y marineros romanos las importaron cuando estuvieron dando por saco (perdonad la expresión) por las Galias…y si no que se lo pregunten al del menhir y al de las alitas en el casco. En aquella época las bolas no eran precisamente de acero: lo eran de piedra (estoy seguro que lo habíais adivinado). Entre estos cuatro amigos solo estaba permitido que hubiese doce bolas en juego, ni una más y ni una menos, como también mandan las reglas, y son las que había. Si en lugar de dos por equipo hubiesen sido tres, también permitido, el número de bolas por jugador hubiese sido de dos para, así, no pasar de ningún modo el número de 12 en la pista. El nombre actual de petanca viene del pieds tanquees (pies juntos, en lengua provenzal, pues la bolita pequeña, la de madera maciza, que se lanza primero y se llama boliche, se lanzaba, como el resto de las metálicas, con los pies juntos) y es uno de los deportes más saludables, como bien sabéis.
La sensación de calor, allí donde me senté, era menor que en lo alto de la roca que se daba mucha importancia, seguramente por el castillo que la coronaba. Roca cargada de familias que parecía permitir que un tímido pero precioso río pasase, casi sin molestar, bajo sus pies. (Seguro que alguien ya ha adivinado donde ocurrió lo que os cuento). Sí, la sensación era más agradable pues el agua que corría por allí mismo aportaba la humedad suficiente y la calma necesaria que requería un deporte como la petanca y los espectadores que como yo estábamos allí disfrutando de todo ello. También se dejaban oír lejanos el griterío de los chavales y sus chapoteos dados en la playa artificial que también permite el modesto, y yo creo que algo vergonzoso, río (si algún despistado no se había dado cuenta seguro que no hay nadie al otro lado de la pantalla que no sepa en qué lugar estuve…como alguien lo dirá en los comentarios os remito a ellos para los de fuera de nuestro país). Por todo esto este pueblo está catalogado entre uno de los más bonitos de España.
¡Espera, déjame un momento! dijo el mayor de la pareja que me pareció más profesional.
Se acercó a donde las bolas de acero habían llegado impulsadas utilizando distintas maneras y técnicas alguna ciertamente ridícula—, por parte de sus dueños, con la intención de que besasen al boliche de color rojo pasión. Había mucha competencia por llegar a conseguir, con una, o todas, de las bolas propias, ser la más cercana. Yo, desde mi sitio de privilegio, no perdía detalle.
Están más cerca ellos concluyó tras su examen. Debes lanzarla con fuerza y tratar de sacar ésta de aquí fue prácticamente una orden mientras señalaba la bola más cercana al boliche. Lógicamente pertenecía a uno con bermudas.
El cuarentón lo entendió perfectamente pues le propinó un golpazo a la bola que le indicó su compañero que casi la saca de la zona de juego y la manda con los patos, ignorantes de lo que se estaba jugando a pocos metros, que se afanaban en comer no se qué que bajaba por una pequeña rampa, mezclado en el torrente del río, que, en esta época del año, era muy escaso y no arrastraba casi nada. Ni siquiera, y sobre todo, las porquerías que se veían y habían sido dejadas allí por ese guarro que viene de la ciudad y que siempre nos encontramos entre la naturaleza que no entiende, ni comprende, ni respeta.
Volvamos al juego.
Como digo, con gran precisión, sacó del terreno de juego la del contrario…Era la de aquél del pantalón de Tonetti magnífico grupo de payasos españoles que entre los años cincuenta y hasta 1982 hicieron las delicias de niños, padres y abuelos. A mí me encantaban y sirva este comentario, hecho con todo respeto hacia ellos, para recordarles—, con gran disgusto por su parte y gran júbilo por la del lanzador y su técnico compañero. El hermano de Tonetti es válido el mismo comentario anterior de recuerdo de este grupo de artistas y magos de la risani se inmutó. El tipo estaba sentado en un banco como el mío y miraba de soslayo lo que acontecía en la partida: ya tenía al de las bermudas “simpáticas” a cargo de la situación.
Me costó decidirme en qué banco sentarme: había varias posibilidades, incluso uno de espaldas a lo que allí se estaba barajando y que tanto me divirtió. Por supuesto que no cogí ese. Lo que sí os cuento es que en varias ocasiones me vi hablando para un compañero imaginario que, sentado a mi lado, escuchaba lo que le contaba sobre las bondades de este magnífico deporte y sobre lo que allí estaba sucediendo.
¿Pero qué es aquello? Al hermano del de los pantalones sin piernas le colgaba una cinta desde el banco al suelo. Me tuvo intrigado hasta que se levantó. Por fin se levanta, dije susurrando a mi amigo invisible. Se levantó con desgana y se dirigió hacia donde estaba el resto de jugadores discutiendo el resultado de la partida yo, desde mi sitio privilegiado, tenía claro quién estaba más cerca y así se lo comentaba a “mi compañero”.
Allí se acercaba el alto de los hermanos, con la cinta colgando de una de sus manos. Al final de ella me di cuenta que estaba cogida una pieza metálica de forma troncocónica era algo parecido a esas pesas antiguas que se utilizaban para ponerlas en uno de los platillos y equilibrar el peso de arroz, lentejas, verduras o aquello que se estaba vendiendo. ¿Qué sería aquel artilugio y, sobre todo, para que podría servir? seguro que alguno de los que estáis leyendo esto sabéis la respuesta, pero , os aseguro, que yo, en aquel momento, no tenía ni idea. Con gesto cansado y dolorido, el tipo de la cinta entra en la zona de juego y se acerca a una bola, demasiado alejada de donde estaba dirimiéndose la partida. Debía ser una de las suyas por lo que sucedió a continuación. El hermano de Tonetti posó la pieza metálica, prendida al final de la cinta, sobre la bola y con gesto como si lo que pasaba a su alrededor no tuviese nada que ver con él, empezó a tirar rítmicamente de la cinta hacia arriba…la bola, pegada a la “forma de pesa” metálica, empezó a subir con ella hasta alcanzar una de las manos que rutinariamente siempre la esperaba en la misma posición…: ¡¡el tío vago utilizaba un imán para recuperar sus bolas sin agacharse un milímetro!! ¡Vaya deporte que estaba haciendo! Solo participaba del vicio del juego y no de su beneficio. Estuve un rato divertido no dando crédito a lo que acaba de presenciar y me dije: ¡tengo que hacerme con un artilugio de esos para cuando no quiera agacharme!...es que siempre tendemos a lo fácil. No tenemos remedio.
En el grupo seguían discutiendo hasta que el mayor de la pareja “superprofesional” sacó un metro, de esos metálicos que se enrollan en su cajita cuando se libera la pestaña. Sí, de esos que más de uno se ha dado en las narices cuando violentamente se enrollan, por error nuestro al accionar la pestaña,…por lo menos a mí me ha pasado y el que diga que nunca le ha sucedido, si tiene el valor suficiente, que lo confiese aquí. Pues eso, sacó su metro y se acabó la discusión y la partida. Ganaron los profesionales y mientras se felicitaban, el de las bermudas seguía discutiendo y echándole no se qué culpas, que no tenía ninguna, al de la cinta cómoda me gustó ese artilugio, de verdad que impasible seguía recogiendo sus bolas sin despeinarse ni un solo pelo…ya os dije que tenían, ambos, pocos.
Se fueron ellos y yo continué mi paseo por un camino entre un canal no demasiado limpio y el río que continuaba su peregrinar sin hacer demasiado caso de los de la playa, de los patos, de los petanqueros e, incluso, de mí...quizá porque era un río que me parecía demasiado vergonzoso.
Cuando el Sol se empezaba a despedir de todos nosotros me puse en marcha de regreso. Fue una tarde divertida.
También ha sido divertido el contároslo a vosotros aquí. No es que sea nada del otro mundo lo que os he referido pero me ha permitido estar un rato con vosotros y pensar en lo que nos une, que es esta ventana a nuestra intimidad.
Buenas tardes y recibid un cariñoso abrazo.
Por favor, no dejéis de soñar y de ser felices.

José Ramón.


martes, 25 de julio de 2017

CARGO BLUE




Abrí los ojos esta mañana pensando qué podría hacer en un día sin trabajar como éste: ¿Playa o piscina? La duda en las últimas semanas se me volvió a plantear hoy. Siempre soy así: indeciso a más no poder y eso me crea una gran ansiedad. Quizá porque tengo siempre varias opciones para hacer; siempre tengo un plan “b” y a veces uno “c”. Hoy solo tenía estos dos planes aunque me apetecía hacer algo de deporte —¿quizá era el “c”?— pero con este calor y, sobre todo, esta humedad a estas horas no creí que fuese una opción ni siquiera saludable. Lo dicho, decidí lo que todavía no había decidido: ¿playa o piscina? De momento subí la persiana de mi ventana que, por cierto, solo sirve — pues no me aísla ni medio decibelio del ensordecedor paso de vehículos, incluido el odioso camión de la basura, que circulan por la céntrica calle en la que vivo— para evitarme despertar cuando aparece el Sol que por estas tierras lo hace antes que por ningún sitio en España —bueno, esto puede que sea una exageración pues lo he dicho solo mirando a los puntos cardinales sin situar longitudes geográficas—.
¡No me lo pude creer!¡Estaba nublado! La playa o la piscina podía esperar: el plan “c” tomaba plena vida. Me activé. Rápido al armario, antes de que se plantease un día soleado y caluroso como los pasados, para prepararme para mis habituales 40 minutos de carrera. ¿El ritmo? Pues el de siempre, el que me permite mi corazón que ya lleva varios años conmigo y nos tenemos cariño. Me gusta siempre tener ese detalle con él y correr a su ritmo. Él es el que me indica si debo ir más rápido o más trotón.
Pulsómetro en su sitio, zapatillas y calcetines, más finos que los que utilizo en invierno —por cierto, estos finos llevan una banderita española en su lateral…es que soy español, ¿sabéis? Y me gusta a veces lucir mi bandera cosa que, aunque haya quien lo diga, no tiene nada que ver con la política: solo con el país que amo y en el que nací—, también en su sitio; pantalón y camiseta, en cuya parte de atrás pone “Marathon de…”no me acuerdo el sitio pero es uno importante donde se ha batido el récord de la prueba a nivel mundial por lo llano de su recorrido y las condiciones de carrera en la fecha en la que se realiza…pero no me acuerdo...No es que sea de uno que yo haya corrido, pues no he tenido nunca la oportunidad de hacer ni siquiera uno: nunca he podido prepararme adecuadamente pues cuando no era por este motivo era por aquel otro. Una espinita que tengo clavada.
Seguí, de habitación en habitación, cogiendo mil y una cosas…es que me gusta llevar de todo: carnet, radio, dinero, unas gafas chulas y muy pequeñas que me he comprado y que no abultan nada para leer en caso de necesidad; las de sol no las llevo pues me molesta correr con ellas; una gorra que suelo ponerme, sobre todo en verano, y que voy empapando en las distintas fuentes que me voy encontrando en mi recorrido, etc, vamos, de todo.
 Ya, por fin todo en su sitio —soy un poco pesado en los preparativos y me cuesta salir unos cuarenta y cinco minutos desde que decido salir…a veces me da ganas de darme un par de capones: ¿es que no puedo tardar lo que todo el mundo?— y ya en la calle hice unos estiramientos mientras el pulsómetro cogía el satélite, que en el centro de la ciudad cuesta a veces un rato.
Suelo hacer unos siete kilómetros y medio lo que me sobra para mantener un estado más que aceptable de forma y, sobre todo, para sentirme bien mental y físicamente. Y así los hice.
¿Os acordáis del relato de la pista de patinaje? Os lo recuerdo: lo publiqué, ahora hace un año y unos días, concretamente el 7 de julio. Yo lo acabo de releer y me ha gustado hacerlo. Hacedlo también que seguro que lo pasaréis bien. Bueno, pues en esa pista de patinaje es, cuando está desocupada, donde suelo hacer los ejercicios de estiramiento y vuelta a la calma tras la carrera. En invierno me voy poniendo en distintas partes de ella, pero en verano, con el Sol que golpea duro y la temperatura que se alcanza a la hora que corro, es otra historia: suelo ponerme en la parte izquierda, según las fotos de la entrada que os he comentado, bajo las ramas de uno de los árboles que rodean la pista. No sé de qué especie es aunque creo que venidas, las semillas, de un país lejano. Yo solo busco su protección en mi deporte cuando el Sol me hace daño tras finalizar. Ya sabéis: A quién a buen árbol se arrima buena sombra le cobija. Eso me dio que pensar. Es como en la vida: cuando las cosas nos son menos a nuestro favor, cuando la vida no nos favorece o nos presenta dificultades es cuando buscamos la protección de algo o de alguien, material o imaginable…Pues de esto va lo que os traigo yo hoy aquí:
Desde el 17 de octubre de 2015 no os hablo de “Cargo Blue”, mi primera historia y sobre la que ya os he confesado el significado que para mí tiene. Cargo Blue buscaba esa protección también. La buscaba entre sus amigas las nubes y eso os cuento en la sinopsis de la historia, que podéis leer más abajo, y en la parte de la historia que os comparto. Necesitaba encontrarse en un ambiente que no fuese hostil en cuanto a lo solo que se sentía, y eso lo conseguía, inicialmente, cuando con su morro mirando al cielo se metía entre sus compañeras de viaje…después, quizá lo encontrase también de otra manera…
Os quiero pedir que vayáis a ese día, en las entradas de este blog, y releáis lo que escribí y que es la esencia de lo que para mí significa este cuento tan especial. Una de las cosas que os decía es que estaba a la búsqueda de un ilustrador especial que fuese capaz de dar vida a este entrañable avión de carga. Ya lo tiene y hoy os la quiero presentar: se trata de María José Plata ( https://www.facebook.com/mariajose.platasantos?fref=ts 
http://mjplatailustracion.blogspot.com.es/2016/12/pintando.html  todos los derechos reservados) Una ilustradora, creo que gallega, aunque no estoy seguro. Pero de lo que sí lo estoy es que la sensibilidad que transmite con su arte le va muy bien a Cargo Blue. Espero que os gusten estos bocetos y este diseño del avioncito. Ahora, María José, está terminado otro trabajo y en cuanto pueda empezaremos a avanzar para que, lo antes posible, podamos ofrecerlo a las editoriales. Ya lleva demasiado tiempo descansando en una carpeta de ordenador. Por mi parte, María José, te doy la bienvenida a este blog que, a partir de ahora, será también tuyo. Un abrazo grande con mi agradecimiento por haber querido compartir este proyecto que para mí significa tanto.
Y a vosotros, queridos amigos, os dejo ya con mi cuento favorito. Espero que lo disfrutéis una vez más.
Soñad y sed felices.
Un abrazo muy cariñoso para todos vosotros.
José Ramón.


“Cargo Blue” es la historia de un joven, feliz y responsable avión de carga.
Abrazado a él –porque en el discurrir de la historia se desea abrazarlo…- nos guía por su vida y nos presenta a sus amigas, las nubes. Sí, Cargo Blue no tiene más amigas que las algodonosas nubes blancas que le arrullan y le dan el calor que no tiene en tierra firme.
Ésta es una tierna historia en la que se nos sugiere que la belleza y riqueza de las personas no es siempre lo que se nos muestra de ellas exteriormente, sino lo que guardan en su interior.
“Cargo Blue”, desde el momento que fue escrito, no ha dejado de ser una referencia y guía de estilo de vida, no siempre fácil de seguir.




Me llamo Cargo Blue y mi vida no podemos decir que sea atractiva. Si hay una palabra que la puede definir, ésta es Soledad u Olvido. Cualquiera de las dos están muy unidas al día a día por el que discurre mi vida desde que hace pocos años, pues todavía soy muy joven, relevé a mi padre, un viejo avión de carga, al que, por su edad, no se le permitió volar más.
Sí, soy un avión de carga cuya vida discurre, cuando no estoy volando, en un hangar triste, sucio, lleno de cajas y con los cristales rotos por el abandono. El frío y la lluvia que se cuelan por los huecos que dejan los cristales y que más de una vez me hacen tiritar y mojan mis alas, son mis únicos compañeros en las noches de invierno.
Pero, ¿sabes qué es lo que menos me gusta?: que no se lo puedo contar a nadie, porque estoy solo. Bueno, tampoco es muy cierto esto que digo ya que hay veces, una por semana más o menos, en las que por las noches entran sin avisar algunas personas con unas viejas máquinas que hacen mucho ruido y desprenden un humo que me hace toser; me abren la panza y empiezan a meter muchas cajas y mercancías en mi interior. Eso me indica que, a las pocas horas , normalmente de madrugada, debo de iniciar mi viaje con mucho sueño por el despertar temprano. Ahora soy joven y no me importa demasiado, pero lo mismo hacían con mi papá y el pobre ya era muy mayor para eso.
El viaje, como te cuento, lo inicio cuando el Sol todavía no ha salido; hace frío y muchas veces hay una niebla que, encima, me dificulta la visión. Me gustaría tener una bufanda para no pasar tanto frío…, pero es que no existen bufandas tan grandes para aviones.
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Yo me divierto mucho cuando vuelo y me apoyo en las nubes como si me estuviesen sujetando. ¡Qué tontería! Yo peso más que ellas y eso sería imposible. Imagino que son mis amigas; en realidad yo las considero así. Hablo con ellas y les cuento mis cosas…lo hago porque ya te he contado que mi vida es un poco triste y bastante solitaria, y necesito hablar con alguien que me escuche…claro, como no hablan…